Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

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NO VOLVERÉ A SER RODOLFO

NO VOLVERÉ A SER RODOLFO


Me encantan las autofotos. Adoro hacerme selfis en los balcones de los elegantes y lujosos hoteles donde me alojo y enviar las imágenes a mis seguidores. Me gusta apoyar un codo sobre las cuidadas y limpias barandillas, al mismo tiempo que levanto el móvil sobre mi cabeza y dejo flotar al aire el pelo cuidadosamente despeinado. Ese mismo cabello que la peluquera acaba de lavar y cepillar con profesionalidad y esmero, mientras me mantiene casi sentado en una silla de metal no demasiado cómoda. Todavía ahora no alcanzo a comprender del todo cuál sea mi papel en este local desangelado, tocado con un gorro de plástico y arropado con un lienzo de poliéster verde ni por qué me aplican una base de maquillaje de nombre anodino, y que nunca emplearía, para disimular esta infrecuente palidez del rostro. No comprendo por qué la maquilladora, que ha sustituido a la peluquera y a quien tampoco conozco, intenta disimular las imperfecciones y estos repentinos y sorprendentes moratones y, finalmente, me empolva toda la tez. Tengo la sensación de contemplarme de cerca y con una rara paz átona y sin emociones. Sé que la mujer aún no ha concluido la tarea y, vestida como una enfermera, resalta el color de mis labios y el de mis mejillas para que mi rostro parezca natural y tranquilo. Llevo un deslumbrante esmoquin de mi diseñador favorito, a salvo de manchas imprevisibles debajo de la tela verde. No le falta un detalle: la chaqueta, una camisa de cuello pajarita, el chaleco y la corbata a juego. No se trata del mismo elegante kimono de seda rojo que me cubría mientras me precipitaba involuntariamente desde el balcón de la trigésimo tercera planta de mi habitación, en el Ritz-Carlton, hasta el pavimento de la 50 Central Park de New York. Una interminable caída y un terror ya borroso, imposible de explicar. Estoy seguro de que no me encuentro en el hospital, aunque no sé bien por qué. Sospecho que hoy, especialmente hoy, tampoco saldré al escenario sin que me arreglen, engalanen y restauren escrupulosa y cumplidamente. Al fin y al cabo, he entregado mi vida a la belleza de la música y a mis admiradores. Merezco sin duda la exquisita y aplicada atención de esta artista de bata blanca a mis pómulos, a mis labios, a mi peinado. Es imperativo, al parecer, que mi boca, mi nariz, mis oídos... todos los orificios estén primorosamente cosidos y sellados para que mi cuerpo, este delicado envoltorio por una vez insensible, no expulse como lo está haciendo ahora esta desagradable pestilencia. Afuera de esta sala decorada sin gracia ni estilo, al otro lado de la vitrina tras la que colocarán, imagino, mi voluminoso cuerpo, desfilarán los incondicionales que me aman en esta gran ciudad, junto a un sinfín de famosos, actores y políticos de todo pelo. También estarán presentes, con un dolor quizá no disimulado (pues empiezo a pensar ya que algo terrible ha ocurrido), mi madre, mi inconsolable y dramática esposa Tania, un número impredecible de compañeros y compañeras de profesión y la plaga imprescindible e inoportuna de los periodistas. Todos asistirán como siempre a mi aparición en público, no porque admiren mi voz de tenor lírico ni porque me envidien ni porque me amen o porque me odien. No. Acudirán solo por estar presentes y hacerse ver en este evento irrepetible que retransmitirán todas las cadenas televisivas. Se han preocupado de viajar hasta la ciudad de la gran manzana simplemente para exhibirse en los medios de comunicación del orbe y realizar declaraciones sin sentido y homenajes hiperbólicos. Una cosa empieza  a estar cada vez más clara: creo que no volveré a ser Rodolfo en La Bohème de Puccini.

Motril, noviembre de 2014.

FIN

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