CIUDAD DESIERTA
Transcurrida la pandemia, sobre el decorado gigantesco de la ciudad, el cielo dejaba caer una lluvia delgada y gélida. Algunos perros sin dueño cruzaban deprisa las calles bajo las ventanas acristaladas y abiertas donde el polvo había decidido quedarse a vivir por algún tiempo. Cada vez más peatonales que voladores, los gorriones y las palomas saltaban o caminaban libremente en las plazas y parques sin temor aparente a las rapaces urbanas. Solo el sonido inorgánico y pregrabado de las campanas, recordaba puntualmente (en tanto las baterías perdurasen) que aquella urbe intrincada de cemento había sido construida y habitada alguna vez por una especie singular de homínidos.






