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Mostrando entradas de abril, 2020
Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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Portada de El testimonio del silencio

El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

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Próximamente: Memorias de agua. Crónicas de la Acequia Real (Colección Genil, Diputación de Granada, 2026).

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  • 2026 Primer premio, 43.º Concurso de Cuentos Gabriel Aresti (Bilbao)
  • 2026 Primer premio, I Certamen Iberoamericano de Relato Breve «El Vínculo Atlántico» (Santander)
  • 2025 Primer premio, XIII Concurso Internacional de Relato Bruma Negra
  • 2025 Primer premio, Concurso Literario «Ciudad de Alfaro» (La Rioja)

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Estado de alarma. Cuadragesimoctavo día

Estado de alarma. Cuadragesimoctavo día   CLUB DE LECTURA "ONLINE": CELEBRACIÓN DE LA MEMORIA Alguien cierra, pausa con el dedo, pulsa en algún lugar de la pantalla, el cuento Los venenos , de Julio Cortázar. Al lector, todavía le duran los efectos; continúa contagiado por la prosa translúcida, por la historia irrepetible de su sala de espejos, que la reflejan, deforman y multiplican: en cada cuento hay otros cuentos, a veces superpuestos, a veces paralelos.   Los lectores creen recordar, pero imaginan que recuerdan; imaginan leer, pero reescriben. También nuestro lector. Sigámosle: «Por el jardín, bajo las flores, las hormigas rompen la tierra para excavar profundas, extensas galerías.  »Recorren a oscuras los pasillos: la luz del sol no atraviesa los poros cegados por la densidad del suelo. »Descienden, como mineros, a tientas los insectos, con sus trofeos despedazados. Arriba, los adolescentes descubren el primer amor, el primer desengaño y, con ello, que e...

La lluvia me trae recuerdos

XV La lluvia me trae recuerdos de padres y hermanos juntos. De aquellos tiempos quedamos vivos dos, cinco difuntos. Vivos dos, cinco difuntos; pero quién me iba a decir que el tiempo tenía prisa por separarlos de mí.

Los perros ladran inquietos

XIX Los perros ladran inquietos aguardando su paseo; afortunados los amos: yo tengo gata y no perro. Yo tengo gata y no perro, pero no la cambiaría: tan distinta, ella se cree una más de la familia.

EL PIE QUE NOS LLEVA

EL PIE QUE NOS LLEVA Eres el pie, el habitante del zapato que nos lleva por la calle, la calle bajo el pie. No comprendo cómo puedes sostener entre tú y tu hermano, uno a uno, sin quejarse, el peso de los cuerpos. El habitante del zapato, el pie que nos lleva.

Estado de alarma. Cuadragésimo séptimo día

Estado de alarma. Cuadragésimo séptimo día   El miércoles, cineclub: buen cine para aliviar las bofetadas que nos dan en el cerebro algunos de nuestros elegidos y que nos hielan el corazón. Mejor la puesta en escena, el ritmo narrativo, la fotografía, el guion de  Laura (1944), dirigida por  Otto Preminger, por ejemplo, que asistir a una pelea barriobajera, vacía de argumentos, desnuda de retórica en ningún parlamento. Mucho más creíble, más emotiva, más genial la interpretación de Bogart y Hepburn en La reina de África (1951), de John Huston, que la ejecución impostada de los malos actores del hemiciclo, que estropean la de algunos buenos oradores que piensan y hablan sin ofender. Mucho más amor entre los protagonistas de la estremecedora Cold War (2018), de Pawel Pawlikowski que entre los ocupantes de los bancos de la Cámara Baja, por donde vuelan el desamor y los cuchillos. Y más ingenua todavía la terrible historia, el magnífico guion de Robert Towne en Chinatown (1974), el ...

Ya me estoy poniendo viejo

XIV A mi abuelo Cristóbal Ya me estoy poniendo viejo y me harto de reír cuando me miro al espejo.

Mira si te echo de menos

XVIII Mira si te echo de menos, Rambla de las Brujas mía, que se me pasan las horas viendo tus fotografías. Viendo tus fotografías, ¿cuándo volveré a pasar por tu caminito verde hasta la vera del mar?

SALUDO

SALUDO Regresas  y es verde la vega. La mula vieja, el silencio  de las nubes,  la velocidad de las olas, nada ha pasado aún que no haya ocurrido antes. Pero los árboles se inclinan como si soplara el viento. Regresas, con la luz regresas. Yo ya me había marchado. Sólo la luz te vio venir.

Estado de alarma. Cuadragésimo sexto día

Estado de alarma. Cuadragésimo sexto día Anuncian la desescalada, como un rayo de sol que atraviesa nubes de pensamientos grises y emociones arrugadas, como sábanas sin cambiar desde hace tiempo: nubes sobre nuestras cabezas que no dejan ver del todo si el cielo es azul o rojo todavía. Anuncian la desescalada y en ningún sitio es más real que en nuestra imaginacion, que imagina ya que corre por los parques, huyendo de los niños y de las aglomeraciones, guardando al menos cuatro metros de distancia. Anuncian la desescalada y para los que hoy contribuyen sin querer a escalar sobre los altos andamios del no empleo (que se ha ido por las nubes), la desescalada es solo un poema que escala por blancas nubes de palabras y no despega aún ni corre por la pedestre realidad.

Que un abuelo arriero fuera

XIII Que un abuelo arriero fuera y el otro herrero y fragüero solo no hará que tu copla sepa a tierra o queme a fuego. Sepa a tierra o queme a fuego, la palabra de una copla solo fragua en el camino de la garganta a la boca.

Los bancos del bulevar

 XVII Los bancos del bulevar me estarán poniendo falta: cuarenta días sin verme, sin saber lo que me pasa. Sin saber lo que me pasa, qué hospitalarios los bancos, cuánta paz andar contigo, larga Rambla de los Álamos.

TRABAJO

TRABAJO Trabajo para que la sombra no se convierta en cuervo, en otro presentimiento oscuro. Todo trabajo, por inútil que sea, despierta la curiosidad ,  no solo de los viejos. Con el sol al hombro, cualquier tarea se convierte en luz.  Y canta.

Estado de alarma. Cuadragésimo quinto día

Estado de alarma. Cuadragésimo quinto día En aquella primera obra maestra, el artista esculpió sobre aquella piedra negra y blanda. El primer hombre, la primera mujer, salieron de la oscuridad hecha pedazos hacia el sol con una luz brillante en los ojos. En aquella primera obra, el artista sopló sobre sus rostros y les contagió el virus invisible y pequeño de la libertad, el deseo ciclópeo de vivir eternamente. ¿Pero a cuál cadena aprisiona  la libertad?  ¿De que piedra está hecha la carne mortal? Nunca la piel sirvió de escudo a la espada. Jamás la mano desgoznó ningún grillete de acero.  Dos o tres minutos sin aire y caen ya abatidas estas criaturas indefensas y soberbias que tardan un año en aprender a andar. En aquella primera obra maestra, el artista tal vez no anduvo tan fino.

Igual que un zampalimosnas

XII A Paco Ortega Igual que un zampalimosnas, mendigo la libertad a mis pies y a mi cabeza, libres de andar y pensar.

En la residencia

XVI En la residencia ya no queda nadie, tan solo unos versos flotando en el aire.

EL DESCANSO DEL OJO

EL DESCANSO DEL OJO ¿Te das cuenta? El ojo que leía la vida ha quedado ciego. Permanece indiferente a las olas, a los parques, a los matices del día, a los carteles en los muros. De repente el ojo se ha apagado, rendido de trabajar como un esclavo. Él nos guiaba  como un perro lazarillo, y todo lo tenía previsto  antes de verlo. Pero tanta necesidad de certeza, tanto estrés continuo han acabado por minarlo. Ahora el cuerpo se deja guíar por el sonido. Pero no es lo mismo. No es igual enamorarse de oídas que a ojos vistas.

Estado de alarma. Cuadragésimo cuarto día

Estado de alarma. Cuadragésimo cuarto día En los colmados oasis de la plaza, sobre el penacho en sombra de los árboles, la uña del arco circular de la luna prescinde apenas de su velo negro, que sujeta al pelo de la noche con estrellas que sonríen apenas al viento entre los bancos.   El matiz de una curva no se percibe en la esquina recta de la calle solitaria en un recodo, ingrávida, encalada, como abrazada por una sábana. Estamos anclados en la alarma, en el desfile de las sombras, en el uniforme de las nuevas y largas colas de la mañana siguiente. ¿Quién no regalaría una entrada colmada de sonrisas?, ¿un circo de emoticones vestidos de payaso? Yo daría un millón de «likes» seguidos a quien nos salve de nosotros. No se detiene el tiempo, mientras tanto: en cada segundo hay amaneceres y ocasos que no vemos, que intuimos, invisibles, mientras brillan y se apagan nuestras vidas pequeñitas, fogonazo a fogonazo: como los ojos de una gata que parpadea en la noche de nuestros relojes ...

El escritor de verdad

XI El escritor de verdad vive con verdad su arte, no busca el aplauso: escribe con la tinta de la sangre.

Tres picotazos me ha dado

XV Tres picotazos me ha dado el pico de la mesilla, las veces que no he encendido la luz de la lamparilla. La luz de la lamparilla no la quiero yo encender y ver las cuatro paredes que ya no quiero ni ver.

TU NOMBRE

TU NOMBRE Siempre de los oídos alejaste el silencio; siempre del silencio  te apartabas; eres la voz, la blanda ligera aguda voz con su eco. Sentimos,  tocamos tu voz en la cara,  en la piel  y todo nos acerca —incluso conocemos  el nombre de tu canción.

Estado de alarma. Cuadragésimo tercer día

Estado de alarma. Cuadragésimo tercer día En las sombras vecinas de la calle, el paso de la luz se frena; sobre los tejados no se ve la luna: la luna, oculta, deshilachada tras las nubes querubines y orondas, la luna, invisible, borrosa de azul, sobre el coro de negros estorninos que la primavera ha traido en su espalda de colmena. Sin estas sombras, la calle sordomuda no puede confundir sus pasos en asfalto, bajo el balcón que no es un palco de la ópera: es la puerta más alta de la calle, es el nido de la brisa. Desde aquí, sin los prismáticos que lo acercan, no vemos el mar: Mare Nostrum a lo lejos, inmóvil, como una postal con olas, el horizonte como un tendal brumoso en el que ondean las sábanas celestes del agua. La vega es la alfombra tierna que nos da en los pies su cosquilleo brillante de verdes destellantes, como una esmeralda en una joyería de lujo, como un parque de cactus y tortugas; pero andamos sobre el gris helado de la calle, andamos sobre el balcón de la memoria por...

Que adoptaste una mascota

X Que la vida iba en serio J. GIL DE BIEDMA. Que adoptaste una mascota lo entiendes cuando ya es tarde; como muchos, de algún hijo, sin saberlo, la heredaste. Sin saberlo, la heredaste; cuánta libertad te quita, y a cambio no da otra otra cosa que amor, lealtad, compañía.

Cómo iba yo a saber

XIV Cómo iba yo a saber, al meter dentro el balcón, que hubiera podido ser el patio de mi prisión.

NOCHEDÍA

NOCHEDÍA Si el día apagase la luz, la oscuridad arrebataría el azul a los pájaros. ¿Para qué abrir, entonces, los ojos, las manos y herirse con el filo de la sombra? Qué miedo el día con la noche dentro. Sin pájaros.

Estado de alarma. Cuadragésimo segundo día

Estado de alarma. Cuadragésimo segundo día No sé si canto porque tengo esperanza o la imagino. Y no importa si esta paz que siento ahora comenzó alguna vez por ser un sueño. ¿Quién rechaza un sueño en medio de una pesadilla? Aunque el sueño lo provoque esta canción anodina y la pesadilla sea nada más que un inofensivo, ensordecedor y monótono silencio.

Igual que el amor, levanto

IX Igual que el amor, levanto muy despacito el cantar: le construyo una cabaña en el sur, de cara al mar.

De los bulos que publican

XIII De los bulos que publican por ahí las redes sociales una mitad es mentira y la otra no son verdades.

QUIMERA (1976)

QUIMERA (1976) COMUNICADO PUBLICO DEL LABORATORIO DE IDENTIFICACION DE TRES DE ABRIL DE DOS MIL CIENTO SIETE: Se ha insistido inoportunamente en que revelemos la verdad sobre el asunto «Quimera» y, no contentos con eso, los promotores de una organización clandestina que la Policía acaba de desarticular incitaron a la población a violencias y apedreamiento de algunos de nuestros colegas. Ante estos hechos lamentables no podemos menos de preguntarnos: ¿Acaso estima el pueblo que nuestra labor es ociosa o aún peor, inútil? ¿Será necesario recordar todo lo que este Laboratorio Científico, apéndice del Gran Laboratorio Nacional, ha aportado al bienestar y progreso de esta ciudad? ¿Nadie hace memoria, por ejemplo, de aquella vez que limpiamos los barrios no solo de malhechores sino también de criminales en potencia? De un solo plumazo resolvimos, gracias a nuestras investigaciones sicogenéticas, el problema de la superpoblación y la inseguridad en las calles. ¿Y hace ...

A las ocho de la tarde

XII A las ocho de la tarde, largamente, los vecinos aplauden desde sus casas en memoria de los idos. En memoria de los idos y en homenaje a los héroes, que luchan con lo invisible para ganar a la muerte.

Estado de alarma. Cuadragésimo primer día

Estado de alarma. Cuadragésimo primer día DÍA DEL LIBRO / DÍA DE LA LECTURA De los libros leídos, los libros primeros en el balcón de casa, cómo olvidarlos: eran memorables y para poderlos leer con la emoción de la vez primera, yo fingía no recordarlos. Lentamente, semana tras semana, se fue poblando mi biblioteca con esos volúmenes irrepetibles, que detenían el tiempo o lo hacían fluir de otra manera. No he olvidado ninguno: esta primavera cubierta de invierno brilla la luz en los senderos, se mojan otra vez de sol los balcones, chocan los témpanos de la aventura en mis recuerdos, gracias a aquellos textos. Igual que si fuesen reales, los personajes que los animaban continúan siendo mis amigos, o enemigos, a la caza de algún tesoro escondido o dando una vuelta al mundo en ochenta días. Por su causa, los barrotes, invisibles pero férreos de esta cuarentena preventiva, desaparecen de los hogares, nuestras madrigueras, y se doblegan, fulminados por la lectura y relectura de ...

El escritor, cuando escribe

VIII El escritor, cuando escribe,  y el lector, cuando al fin lee,  quedan libres de la deuda  que aceptaron libremente. Que aceptaron libremente,  pero el escritor está  siempre en deuda permanente  con la sal que el mar le da.

Mejor amigo en el mundo

VII Mejor amigo en el mundo no encontrarás que un buen libro: nunca te deja tirado en el medio del camino. En el medio del camino, su amistad nunca defrauda no viene y va con el viento y su palabra acompaña.

Por mis salas de lectura

VI Por mis salas de lectura van y vienen los lectores, libres de entrar o salir, alegres o soñadores. Alegres o soñadores y tristes o vulnerables: los que llegan hasta aquí les trae el azar o el aire.

Estado de alarma. Cuadragésimo día

Estado de alarma. Cuadragésimo día Respiro, como un pulmón liberado; no hay en mi cuerpo un organo que se sienta prisionero… aire; aunque alrededor de mí se cierne la casa, igual que una cárcel, no encierro la mente en ella.   El salón con luz, los bordes del fregadero, las estanterías de libros en fila de a uno. El pasillo esta expedito por cualquier parte: permite el acceso por todos lados, aunque de mí no depende. Sé qué acciones inocentes he cometido. Estoy exculpado, absuelto de cualquier cargo, a fuer de ingenuo y cándido. No hice nada por mostrar la fealdad del mundo, él se ha bastado solo; no propagué noticias falsas. Por eso, ahora que comienzo un nuevo día, alabo la debilidad del bien, la fragilidad de la belleza y socavo humildemente la fuerza de la maldad y de la calumnia.

¿Qué se siente al vencer?

V «¿Qué se siente al vencer?», pregunté al ganador. —Lo cambiaría todo por un poco de amor.

A dos metros de distancia

XI A dos metros de distancia, frente a la panadería, los compradores son otros pero la cola es la misma. La cola siempre es la misma y los días son iguales: el lunes parece miércoles y no sé si quedan martes.

TAMPOCO EL MAR

TAMPOCO EL MAR Tampoco el mar se marcha del todo de la tierra. Conocemos  el horario de las olas, las orillas donde se bañan de arena las mareas. En qué luna de agua, en qué caracola, en qué sandalia seca pone hoy, pondrá mañana el pie húmedo y viajero.

Estado de alarma. Trigésimo noveno día

Estado de alarma. Trigésimo noveno día Por nunca, las panaderías diurnas cierran. A pesar de que una maldición o un virus amenace o flote con las rachas de viento o el asfalto. En sus cristales, apiladas, muchas barras de pan, como cien copias sucesivas, hijas de una misma hornada madre. En la esquina, allí duermen las locas decisiones, los cambios bruscos de dirección, las más inesperadas fantasías. Hay huellas en la memoria del aire que dobló por ellas hace un minuto apenas. Las costumbres no reconocen el cambio, sin embargo; los pies se dejan llevar por el olor del pan desde hace más de seis mil años, y pegan la nariz a la rosa de su aroma. La celebración del pan ha comenzado. Pasadas, soñadas, olvidadas ya las brujas y las hadas de la noche, los vecinos, las vecinas,  a dos metros de distancia, recién lavados, ahora aguardan el pan de cada día.

Dicen que solo las gatas

IV Dicen que solo las gatas hasta tres colores tienen, a mi gata eso no importa: ella tiene los que quiere.

Han vuelto las golondrinas

X Han vuelto las golondrinas que vuelan por la mañana a confinarse en el nido del cajón de mi persiana. Al cajón de mi persiana nunca volvería yo, volando de noche y día: luna a luna y sol a sol.

LA VIDA NO SIEMPRE

LA VIDA NO SIEMPRE   La vida no siempre es alegre; la vida puede caer al lugar más profundo  donde canta la sombra. Sólo a la muerte nada le pasa.

Estado de alarma. Trigésimoctavo día

Estado de alarma. Trigésimoctavo día   Remite la pandemia, remite; el confinamiento se prorroga a través de las horas, dando cuerda a la esperanza en los relojes verdes de la primavera. Remite la pandemia; y nada es más alegre, igual que una sonrisa en un emoticón de ojos redondos, igual que deslizarse montado en una baranda que lleva hasta la calle… Remite la pandemia, remite; como si una brisa descendiera, oliendo a menta y madreselva, desde el ático del cielo, desde una estrella o una sierra a las ciudades. Como si el amor desescalara la prudencia y dejase de jugar a la escondida, y mostrase la blandura de su pecho, tan frágil de romperle las costillas. Abril se marcha. Vendrá, más tarde, mayo, y quién sabe cuándo, llegará el verano. Remite la pandemia, desescalando muy despacio la tristeza. Muy despacio, sin darse prisa. Tal vez de abril a mayo pasen años. Remite la pandemia, remite, sin embargo. Remite la pandemia; y nada es más alegre: la puerta de una casa, la acera de la c...

Si vas a hablar bien de mí

III Si vas a hablar bien de mí, procura contar mentiras; que tengo muchos defectos y no quiero que los digas.

Aquí llega el tractor verde

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IX Aquí llega el tractor verde, a fumigar, por la tarde; ojalá desinfectara la tristeza de la calle.

DE LA LUZ

DE LA LUZ De la luz no sé decir más de lo que sabe el ojo: solo si ella está, puedo distinguir los colores y las formas. El ojo es así:  capaz de ver las montañas o la tarde con la luz por compañía. Así: sin oscuridad ni sombras.

Estado de alarma. Trigésimo séptimo día

Estado de alarma. Trigésimo séptimo día Un hormiguero, igual que una mina profunda. Una hormiga arrastra una pipa de girasol por la galería  de tierra, igual que un novillo muerto por el patio de arrastre al desolladero. Hacia abajo, hacia abajo, en una camilla por alcantarillas sin fin. Tan pronto como uno despierta,  está en el salón de casa, con el volumen alto de la televisión  y los datos de los expertos que llegan a los oídos como voces sumergidas en el agua, nadando entre las olas de la duermevela. El arrendatario de un sueño observa el planeta como una canica que un niño puede coger y lanzar entre los dedos. Pero por fin uno despierta y se toca el rostro como si fuera de otro, perdido entre gráficas y números que componen la sinfonía del desastre. Y sin embargo laten las ciudades todavía, arranca el motor del corazón a la primera, hay gente que sonríe por las aceras detrás del contagio de la tristeza. Solo nos mantiene en pie esta ingenuidad de mañana recién despierta, las gan...

Que no pierda nadie el tiempo

I I Que no pierda nadie el tiempo   organizando mi agenda, porque son solo los pasos los que deciden la senda.

Llueva o no llueva el domingo

 VIII Llueva o no llueva el domingo a mí se me importa un bledo, que aunque no tengo paraguas me pillará bajo techo. Me pillará bajo techo; ay, quién pudiera sentir sobre la cara y las manos la lluvia del mes de abril.

AL MARCHARSE LA TARDE

AL MARCHARSE LA TARDE Cerré la persiana. Y detrás, —en otra tarde distinta—, las golondrinas de los cielos de sombra proclamaron la victoria del ocaso y de la penumbra sobre la luz. Lentamente, un silencio de luna nueva apareció tras las nubes, y, por las ventanas, entraron a la casa los rayos negros de la noche.

Estado de alarma. Trigésimo sexto día

Estado de alarma. Trigésimo sexto día Un verso, otro verso... Así se construye el poema,  con patios blancos —espacios— entre las estrofas, con huecos por donde entra la luz a las palabras, con peldaños de letras por donde sube el amor y los dientes por la cintura de los cuerpos hasta la puerta de los labios, hasta la ventana de los ojos y la caja blindada del pecho. Ah, las silabas corriendo como gotas de agua por la espalda.

Ya no quiero intermediarios

COPLAS DEL CONFINAMIENTO A Don Antonio Carrillo Alonso, que me enseñó a pensar. II DISTANCIAMIENTO I Ya no quiero intermediarios entre los ojos y el texto: nunca escribí por negocio, doctrina o escalamiento. Doctrina o escalamiento, tampoco por egotismo: escribo por recordar lo hermoso que es lo sencillo.

Cada vez que alguien levanta

VII Cada vez que alguien levanta las persianas del balcón, al ver la calle tan sola me da un vuelco el corazón.

en la cumbrera

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en la cumbrera del tejado hace escala una gaviota

Estado de alarma. Trigésimo quinto día

Estado de alarma. Trigésimo quinto día No sé qué día es. Ni qué hora. Tengo sueño, pero no puedo dormir. ¿Es el alba o el atardecer? Se aproxima un ruido de motor que frena. Una persiana metálica, como un telón, se descorre. Comienza la función. Es el alba.

Con la mascarilla y guantes

VI Con la mascarilla y guantes delante de mí te veo; no te marches a la calle: vamos a jugar a médicos. Vamos a jugar a médicos, que me pongo muy malito: la casa se vuelve noche sin el sol de tus ojitos.

en la cobija

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en la cobija de barro se acomoda una paloma

Estado de alarma. Trigésimo cuarto día

Estado de alarma. Trigésimo cuarto día Ninguna primavera está siendo igual a esta: los gorriones tan callados, tan chillonas las gaviotas… ¿Cómo describir estos colores grises, esta inquietud silenciosa que se impone como un acúfeno constante en los tímpanos del ánimo? Hoy nadie escribe, dialoga con la armonía de ayer, con el vigor de los campos de la primavera jugosa y tierna. El sudor frío del invierno surca la frente de este mes de abril opaco y triste. La primavera quisiera brotar por las calles de mi ciudad vieja, pero está en silencio como cubierta por un velo de distancias y afonías. El aire parece llenarse de una carbonilla fantástica con la neblina, con las volutas de los recuerdos infantiles de mondas antiguas. Para el soñador, para el que ama esta ciudad, esta es su casa y volverá a verla florecer cerca del río, cerca del mar, la próxima primavera.

Qué solos quedan los muertos

V «¡Qué solos quedan los muertos!», dicen que dijo el poeta; aunque peor es morir en la soledad completa.

SOMBRA

SOMBRA Nunca regresa a la ciudad, se aleja de la voz, del ruido de la voz. ¿Por qué sigue allí? Ala de sombra infantil —sin hablar. Ahora quieta en la pared de la noche, se une con el silencio. Y calla, calla, nocturna.

Estado de alarma. Trigésimo tercer día

Estado de alarma. Trigésimo tercer día ¡Ah, cómo saber que la nada iba a llegar más tarde!, nueve años después de visionar aquella cinta y detrás de los títulos de crédito alineados como versos, como huesos blancos: aquella lista interminable de nombres, de actores víctimas mortales por exigencias del guión y del contagio —así se titulaba el filme—, que se sucedían sobre el fondo negro de la pantalla. Hubiéramos preferido evitar asistir al estreno de aquella distopía que nos pareció a muchos una broma. Pero son antiguas las pandemias, son objeto de historias y leyendas, de largos metrajes en los que nadie quiere el papel de personaje secundario porque desea una vida verdadera al final de la película.

Ponte, amor, la mascarilla

IV Ponte, amor, la mascarilla, aunque pase pena el aire: que no te vea la cara y menos pueda besarte.

DEL HUMO

DEL HUMO Asciende, se arrastra como un poema; igual que un verso: por más que ascienda que no espere ser estrella o chispa animando el ser de la metáfora. Así el humo: en el serpeante, ligero y altanero volar del humo las volutas son adornos.

Estado de alarma. Trigésimo segundo día

Estado de alarma. Trigésimo segundo día Deshibernada, igual que un mamut en la tundra, la ciudad vuelve a la vida lentamente, exhumada de la tierra. Ah, ojalá hubiese emergido yo también como un hijo vagabundo del subsuelo. No para quedarme inmóvil, sí para recorrer las ramblas y caminos que riman con la primavera, las garzas y las ánades reales. Ojalá, tras decir «¡hola!», cuando salgamos algún día a la mañana a rimar el corazón con los oídos, las manos con las piernas, no debamos volver de nuevo a respirar la hierba del encierro otra vez acosados por el miedo.

Es natural que te quiera

III Es natural que te quiera más en el confinamiento, nos cruzamos muchas veces y este pasillo es muy estrecho.

DE ALGUNA FORMA

DE ALGUNA FORMA Cuando la noche cruje en los muebles de la casa, el oído intuye lo que las voces guardan. Es un sonido vivo,  un dolor roto de mesas, sillas y armarios, de objetos que repiten sílabas, palabras inconexas que tal vez escucharon algún día... La función del poeta es mantener vivo el misterio, de alguna forma. Solo por su belleza.

Estado de alarma. Trigésimo primer día

E stado de alarma. Trigésimo primer día         Más allá de cualquier misterio, la salud es un tesoro que no tiene precio, absoluto y sin rodeos, y el secreto de su gracia responde por sí solo a la pregunta de cuánto vale la vida.     Ya es trece de abril y se escucha una lluvia entre sueños que cae como un murmullo sobre viejas verdades.     Qué fácil sería despertarnos y lavarnos las manos con sus palabras mojadas y nunca volver a ensuciarlas.     Para eso hace falta mucho amor.

Cuándo acabarán, mi vida

II ¿Cuándo acabarán, mi vida, los días de cuarentena? Del último no hay señales y al primero, ¿quién recuerda?

VACÍO

VACÍO Ni el aire se atreve a ocupar el vacío desde que se marcharon. Se marcharon y no dejaron nada en su lugar y ahora, aunque alguien se acerque, solo escucharía el silencio.   El silencio que no rompe ninguna voz diciendo: "Es hora de levantarse" o "Esta tarde viene tu hija a visitarte". Tampoco se asoma nadie al comedor, al patio, al salón para ocupar con su cuerpo la mañana. Tan solo estos versos lograrán habitar, si alguien los lee, el vacío, el silencio, la mañana.

Estado de alarma. Trigésimo día

Estado de alarma. Trigésimo día   Alguna vez, recordando la falta de cielo sobre las cabezas, cuando temprano nos arrullen otra vez las tortolas, celebraremos libres la sonrisa paseando  junto al agua limpia de las ramblas o por algún parque luminoso a la entrada de los ojos; evocaremos  la cárcel que nosotros mismos cimentamos, pensaremos lo errados que anduvimos, ocupados en comprar nuestro confort a cualquier precio, sin saber que ya éramos millonarios. Cuando se pose sobre el hombro condecorado de pasión el gorjeo de amor estridente y rápido de los chamarices, invocaremos el grano, las provisiones que acopiamos sin estar seguros del mañana. Entonces, sin querer, caerán las cataratas que opacaban nuestra mente, regresará de nuevo la paleta de color al cristalino de la inocencia original, postergada en algún lejano paraíso. Cuando canten los mirlos, recordaremos temblando: el sufrimiento de las víctimas, la monotonía del confinamiento, el cielo raso, las ciudades vac...

Este domingo nublado

COPLAS DEL CONFINAMIENTO 1 (A Don Antonio Carrillo Alonso, que me enseñó a pensar) I Este domingo nublado, día de resurrección, a tocar las campanitas se asomó un niño al balcón. Se asomó un niño al balcón, día de confinamiento, y en el medio de la calle procesionaba el silencio. ____________________________ 1 Tras la lectura de La influencia del cantar andaluz en Gustavo Adolfo Bécquer (CAUCE, Revista de Filología y su Didáctica , n° 10, 1987 pgs. 167-197), de mi admirado profesor Don Antonio Carrillo Alonso y de su libro Gustavo Adolfo Bécquer y los cantares de Andalucía (1991), no pude menos que leer con mucha atención Colección de las mejores coplas de seguidillas tiranas y polos que se han compuesto para cantar a la guitarra (1799), de Iza Zamácola; Cantes, coplas y trobos populares (1859), de Fernán Caballero, La soledad (1861), de Augusto Ferrán y Cantes flamencos " (1881), de Antonio Machado y Álvarez. Empecé a usar la copla, a mi aire, ...

ÁNGEL GUARDIÁN

ÁNGEL GUARDIÁN  Incluso el confuso  interior de un recuerdo es capaz de cambiar  su propio mundo: si llegase el  ángel guardián de las cenizas, entonces la memoria, tendría, en lugar de un desván desordenado en el lugar del olvido, un ático habitado por la luz,   una claridad que la ventana dejaría pasar , y permitiría al sol  iluminar el corazón.

CERO

CERO La más insumisa  y extraña cifra  cuenta el mundo  antes del comienzo, antes del impulso de habitar los ejes de ordenadas,  abscisas y cotas.  La poesía vino después confusa:  entre electrones a extramuros, detrás del viento estelar,  galopando el vacío. ¿Qué loco amor sin nadie llevó a hacer del cero un universo? El infinito tampoco conoce el secreto.

Estado de alarma. Vigesimonoveno día

Estado de alarma. Vigesimonoveno día Alquimistas, magos, médicos de cabecera de nombres cabalísticos: Nicolás, Eugenio, Adrián, me prescriben facultativamente paliativos, antivirales, vacunas (mirra, incienso y oro), es decir, un libro ( El jinete palido , de Laura Spinney), una película ( Solo los amantes sobreviven , de Jim Jarmusch) y un artículo de opinión ( El mundo después del coronavirus , de Yuval Noah Harari).   Después, recuento la cifra de los vivos, de los que bullimos todavía en un alud de sueños ingenuos que se parecen a la infancia. No llueve. No sueño. Miro hacia el futuro y me envía de vuelta a otro tiempo a repararlo. Tal vez nos queden horas aún para argamasar la vida, para trazar un arco iris del presente al futuro con el color perdido de los días de infancia, alegres y envueltos en una arcilla de luz densa. No sé.  El balcón se mantiene a flote en el tercer piso como una barca salvavidas (No he pisado la calle en veintinueve días).

ESQUIVANDO LA ETERNIDAD

ESQUIVANDO LA ETERNIDAD Al regresar, la insuficiente luz de la carretera; en la curva, el arcén,  el coche, el cinturón, el repentino relámpago de luz larga, el volantazo esquivando la eternidad  por un centímetro, el respiro de alivio, el regreso al asfalto; y entonces  acordarme de ti,  del azar que me regala otra noche más que repartir contigo.

AMISTAD

AMISTAD Dosis de hermandad, fiel avenencia que empedra con abrazos digitales los sanatorios alicaídos. Apósito de lealtad que tapona hemorragias de nostalgia, que supera limpiamente la altura de las ruinas. Ampolla de emergencia que ahoga la desolación de los encierros y pone en cuarentena a la tristeza. Oh, Amistad inmudable: roca impasible, azotada, estremecida por olas densas y letales de color vino.

Estado de alarma. Vigesimoctavo día

Estado de alarma. Vigesimoctavo día Cuadrangular, se despierta la manzana donde duermo. En las esquinas agudas, las calles se doblan por todos lados como alambres igual que rectas unidas por un codo. Las noticias de la radio despliegan su voz en los oídos. Los pájaros  reman con sus palas por el mar parpadeante de los ojos. Despierta la manzana con sus calles, embozados algunos todavía en los sueños de la infancia. Un claxon chilla. Suelta su alarido alguna alarma. Duerme la manzana aún sobre los portazos de los coches de descarga, bajo el llanto de un bebé, bajo un maullido de celo incontinente. Pasan las nubes a buen paso sobre las terrazas y los tejados, quién sabe desde cuándo. Tal vez los árboles, ocultos, detrás de la manzana, se agitan en la plaza.  Hace viento. No llueve. En la manzana se despiertan los hijos y los padres. Como gusanos en pijama. Todos han soñado con la infancia. Me despierto.

LA ESTACIÓN DEL ADIÓS (2020), de Nicolás Rodríguez Martín

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LA ESTACIÓN DEL ADIÓS (2020) , de Nicolás Rodríguez Martín En un austero cuadernillo ("cuaderno nº 7"), de formato similar a otros anteriores 1 , Nicolás Rodríguez Martín (Motril, Granada, 1937) 2 nos regala esta vez, según nos advierte, su obra completa en prosa. Catorce cuentos ordenados atendiendo a algún criterio personal, que no es el de su fecha de creación según nos informa el autor. El presente opúsculo, autoeditado, muestra la mayor sencillez y simplicidad. En la portada, el título ( La estación del adiós ) y debajo, el nombre del autor. Al pie de la portada, la supuesta editorial "pañol de la palabra, colección Bajel: N.URIBECHEA (en dique seco)" y el número de ejemplar que ya dijimos.  Sin índice y sin fecha de edición, en la página 2 se consigna con números romanos el intervalo de años a lo largo de los cuales las historias fueron gestándose: 1937-2020.   En general, de forma esquemática e incompleta (que lo es cualquier intento de ...