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Mostrando entradas de marzo, 2020
Motril (Granada), 1958
Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).
Último libro
El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025
El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.
Próximamente: Memorias de agua. Crónicas de la Acequia Real (Colección Genil, Diputación de Granada, 2026).
Algunos libros
Migas de luzPoesía reunida, 1979-2020
NoctámbulosSonetos
Historias de lo cotidiano y lo inesperado IICuentos
PekoreaHaikus y haikudillas
EspejismosCuentos escogidos
Poesías líricas de Juan de ArizaEdición y estudio
Las 34 obras, con dónde conseguirlas →
Premios recientes
- 2026 Primer premio, 43.º Concurso de Cuentos Gabriel Aresti (Bilbao)
- 2026 Primer premio, I Certamen Iberoamericano de Relato Breve «El Vínculo Atlántico» (Santander)
- 2025 Primer premio, XIII Concurso Internacional de Relato Bruma Negra
- 2025 Primer premio, Concurso Literario «Ciudad de Alfaro» (La Rioja)
Estado de alarma. Decimoctavo día Ha amanecido un día de lluvia a favor de la nostalgia. El nido, la casa ha permanecido a media asta con los cimientos plantados en el fondo de la tierra. Alguien ha levantado las persianas y ha abierto las ventanas mientras el sol y el aire realizaban test preventivos a las vísceras verdes de la primavera. Tal vez hace unos días el desasosiego alcanzó su pico y el alud de los contagios ruede ahora más despacio por las calles decaídas. Quizá aumenten hoy las altas y el abrazo, la desintubación de las tráqueas y las caricias del aire, los latidos púrpura del corazón que no se desangra nunca a pesar de la distancia. Fueron los tractores verdes combatiendo por la tarde al enemigo hasta hacerle morder el polvo, las mochilas pulverizadoras, los soldados pintados de nieve, el hipoclorito sódico salpicando sobre los bancos y los mercados. Fueron los juramentados de Hipócrates con sus batas blancas, los contribuyentes transfundidos en cada cama de hospital. F...
EL HACEDOR DE HAIKUS
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EL HACEDOR DE HAIKUS Si somos lo que hacemos, entonces me puedo considerar un simple hacedor de haikus. La realidad gravita en esto que me pasa ahora: este cuarto solitario, este ventilador barato que dibuja y desdibuja el aire con las aspas, esto que pienso y hago que ocurra. Todas las tardes recorro el mismo camino hasta la playa con la mochila al hombro y la cámara fotográfica al cuello. En realidad, todas las tardes no: los sábados y domingos marcho al amanecer. Y el mismo itinerario, tampoco. Si algo me ha enseñado el haiku, consiste en que nunca entramos en el mismo lugar ni permanecemos iguales a nosotros mismos más de una vez y que este ahora difiere del ahora que acabo de anotar hace siete palabras. Así, sin volver atrás, el camino y el caminante discurren, inexorablemente, como una hoja en un río arrastrada por el tiempo. Entretanto, si un haiku se planta ante mí, atrapo su figura con el disparador de la cámara, la llevo a casa y la recupero mediante el edito...
Estado de alarma. Decimoséptimo día
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Estado de alarma. Decimoséptimo día Salir, volver con dignidad de los infiernos, ahogar el grito del trueno, arriesgar ante la lluvia, endurecer la nostalgia, confinar hasta el colapso las quejas suturadas. Confirmar siete mil trescientos adioses y millones de lágrimas sin pañuelo, decretar la parálisis no esencial, la respiración asistida a las ciudades. Dime: ¿habrá otra vez silencio?, ¿ otra fecha sin camino ni besos ? Consensuar los testimonios , cambiar el rumbo de la marcha, dar de alta cada día a la esperanza. Teletrabajar las jornadas laborables, montar sobre la acémila virtual de los portátiles, adaptar la caléndula del número al sol perdurable de lo humano, seguir a la estrella polar de nuestra piel que nos guía y nos abriga, espolear el corazón los días festivos hacia la vieja taberna del poema. Revisionar las películas, cantar las canciones que de jóvenes cantábamos, reunirse en una villa digital consigo mismo huyendo de la pandemia, como en los cuentos de Boca...
NO VOLVERÉ A SER RODOLFO
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NO VOLVERÉ A SER RODOLFO Me encantan las autofotos. Adoro hacerme selfis en los balcones de los elegantes y lujosos hoteles donde me alojo y enviar las imágenes a mis seguidores. Me gusta apoyar un codo sobre las cuidadas y limpias barandillas, al mismo tiempo que levanto el móvil sobre mi cabeza y dejo flotar al aire el pelo cuidadosamente despeinado. Ese mismo cabello que la peluquera acaba de lavar y cepillar con profesionalidad y esmero, mientras me mantiene casi sentado en una silla de metal no demasiado cómoda. Todavía ahora no alcanzo a comprender del todo cuál sea mi papel en este local desangelado, tocado con un gorro de plástico y arropado con un lienzo de poliéster verde ni por qué me aplican una base de maquillaje de nombre anodino, y que nunca emplearía, para disimular esta infrecuente palidez del rostro. No comprendo por qué la maquilladora, que ha sustituido a la peluquera y a quien tampoco conozco, intenta disimular las imperfecciones y estos repentinos y sorpr...
Estado de alarma. Decimosexto día
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Estado de alarma. Decimosexto día ¿A qué poner el mundo en horario de verano, encoger una hora el mes de marzo, robar a Cronos el juguete que gira desde siempre entre sus manos? ¿De qué sirve aluzar abril, estirar el sol por los meridianos, entre las horas del día, como una serpiente emplumada, de isla en isla, de manzana en manzana, de piso en piso, de naúfrago en náufrago, acortando el espacio de las sombras? En octubre habrá que equilibrar de nuevo el equinoccio, devolverle entonces el tiempo sustraído. ¡Quién sabe si llegaremos al mes de las hojas amarillas, abrasados o no, con los labios confinados o entreabiertos, si morderemos al final los ásperos membrillos y podremos enfriar las castañas humeantes boleándolas al aire con las manos! Preguntaremos por qué, quién lo hizo, cuántos errores cometimos, siempre preocupados, siempre preocupadas del detalle. No sé si averiguaremos las respuestas, si veremos todos esa luz distante del otoño; a algunos les habr...
Estado de alarma. Decimoquinto día
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Estado de alarma. Decimoquinto día Me pregunto de qué palabras pintar la voz incolora del poema. Y no respondo. ¡Ojalá sus vocales de luz multiplicaran infinitas veces su consuelo de un espejo a otro, ligeras y fraternas! ¿Mas para qué explicar lo que la fruta y los labios necesitan? ¿Cómo nombrar la caricia, la armonía, las compuertas del alba, la semilla que la lengua y la voz hacen brotar de la garganta con pinceles delicados, luminosos, solidarios? ¿Con qué fuente dibujar el texto de la vida que se oculta en lo más hondo de los dedos y que esbozo como puedo con la letra más grande y en negrita que permite esta bitácora? No lo sé... No sé si quedan palabras y colores en la casa. Rebusco con cuidado en la alacena. Algo habrá dejado, digo yo, el último arco iris tras la lluvia.
Estado de alarma. Decimocuarto día
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Estado de alarma. Decimocuarto día Ayer... Anteayer, ¡qué hermoso!, descendió una lluvia solitaria y melancólica en compañía de nadie que dejó colgar algunas gotas en las barandas desquiciadas de los balcones. Durante un rato fue la única voz que chorreó tras la bruma invisible del vecindario. Nadie pasaba por allí. Hasta los pájaros incontinentes no cantaban confinados en sus nidos. La ropa blanca olía a húmeda frescura, sin hacer ruido tampoco, acostada y confortable en los tendales improvisados de los salones. De pronto alguien abrió y cerró la puerta de un golpazo ahuyentando a la lluvia con sus ranas; alguien alzó los pasos sobre el suelo, franqueado por ladridos que le proporcionaban la coartada legal del albedrío; un coche, un gato grande de metal, ronroneó suavemente su motor y pasó de largo. Volvió a sonar la música preferida que cada cual pone bajita en su cintura. Archipiélagos, islas, islotes solitarios que se duermen y despiertan, que por consolar se mienten y se alu...
La bocha roja. "Mother Love"
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LA BOCHA ROJA. MOHER LOVE Es su turno. David siente sobre él los ojos atentos y vigilantes de su padre, que está sentado en alguna grada del polideportivo cubierto y repleto de público. Seguramente es así como observa las pantallas y sopesa las oportunidades del mercado, así como calcula los riesgos antes de comprar y vender los complejos productos financieros que solo unos pocos alcanzan a comprender. David lo sabe porque le visitó una vez allí, en una sala enorme de la torre, en Canary Whorf, rodeado de ocho o diez ordenadores y de otro medio centenar de traders , ingenieros o matemáticos especializados en finanzas. Su padre, Héctor, es un ganador como él. A veces, invierte en bonos o se desprende de acciones por valor de miles de millones de euros y enriquece o arruina a un país entero o a una gran empresa. Pero Héctor y la sociedad financiera en que trabaja siempre ganan. Como David. Él es un vencedor y ahora es su turno. Siempre ha puesto todo su empeño desde que tiene uso d...
Estado de alarma. Decimotercer día
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Estado de alarma. Decimotercer día Alguien derriba la ansiedad en el tatami angosto de un pasillo, el test de la liebre de marzo cuenta sus virus en las hojas de una maceta sin primavera, hay miles de empleados despedidos para siempre del trabajo temporal de la vida; don euro, poderoso caballero, ha puesto de repente en cuarentena los bolsillos sin techo de los indigentes. En los mares del mercado hoy es el día del tiburón blanco, de la pena infantil por los adultos que se marchan sin himno y sin ceremonia, de las gargantas sin cuerdas vocales ni guitarras que se desploman en la fosa común de la impotencia. Todo parece una jungla tenebrosa, un jardín de esqueletos, un paquete de acciones con mascarilla y respiradores del que la Bolsa levanta un alegre tres por ciento sobre la colina estadística del día. Es el podio del eclipse, el aplauso a los vencidos que no ceden, las sirenas sin voz de los que siembran estrellas, el grito convaleciente que nos recuerda que este mundo no m...
Cuando el sol se despierta
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Estado de alarma. Duodécimo día.
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Estado de alarma. Duodécimo día Descartando el racionamiento, la subida general de precios, la renta básica universal, los fondos de rescate. Analizando las ayudas para el alquiler, el racionamiento, el confinamiento, las subidas de precios, las medidas de restricción. Debatiendo la letalidad del virus, el sector de la dependencia, la actividad frenética de los hospitales, los ERTES, el cierre de las fronteras. Declarando como servicios esenciales el suministro de agua, el saneamiento de las aguas residuales. Me dispongo a combatir sin tregua ni cuartel la aparente normalidad de las tinieblas, el fragor ominoso de la tormenta, el diario apocalipsis que nos auguran los horóscopos todas las mañanas.
Estado de alarma. Undécimo día
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Estado de alarma. Undécimo día Un cementerio de ancianos, viejos árboles caídos, tumbados sobre sus camas, desasidos, arrancados de la vida... ¿Y la humanidad de cristal no se rompe? ¿No se desangra en sus fregonas de agua sucia? ¿Quién podrá ocultar la conciencia en los armarios y reconocerse después en los espejos? Dentro de una pesadilla, no sé si escribo o camino, arrastrado, ahogado en un cauce seco de ira. ¿Hace falta que brote una amargura de sal y desentierre la inocencia? Ancianos ya sin carne y sin memoria, viejos libros consumidos, vueltos en ceniza lentamente sobre horizontales sudarios, con el rigor mortis de la piedra... ¿Y no se quiebra el cristal de roca de los ojos? Y uno pone el juicio en cuarentena, suspende el pensamiento y espera absorto el alta de la ilusión enferma, el cese de la lluvia horizontal de los cuerpos marchitos. Me lavo las manos en el agua clara de los datos y salen a la luz las heridas médicas, las piernas recortadas del sistema, la flexibilida...
EL DON
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EL DON Le llovían los golpes por todas partes: al hígado, al bazo, al estómago, a los riñones. Le machacaban el cuerpo metódica y rítmicamente, de forma alterna: 1, 2, 3... 1, 2, 3... No en balde, aquel tipo feo pero cualificado conocía su oficio. Enzo intentaba encajar en la cabeza, menos entrenada que sus abdominales, las piezas de aquel puzle irresoluble. La pregunta o el acertijo que le atormentaban se resumía en una cuestión: ¿cómo no había sabido prevenir o, mejor dicho, predecir el ataque? Esta vez la experiencia atesorada, los trucos aprendidos y sobre todo su extraordinaria facultad no le habían servido de nada. Hasta hoy jamás le habían traicionado el don singular que poseía ni el juego de cintura. Desde niño, había aprendido a esquivar las palizas de la vida, del matón de la escuela y de su padre, que nunca le pudo descubrir por las calles del pueblo cuando hacía novillos. Estaba convencido de que aquella capacidad asombrosa se manifestó por primera vez después del accid...
Aún más breves que la rosa
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Estado de alarma. Décimo día
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Estado de alarma. Décimo día En el escaparate se expone el pan a las miradas; a ser atrapado por la dueña de un jersey azul, que aguarda su turno entre dos metros de aire y un pantalón vaquero ajustado a un motorista. Dentro el olor a pan y a horno se esparce por el aire, amasándolo con besos de madre y leña tibia de edredón. Allí el olor ha perdido la distancia segura entre clientes y los pasteles se comen con los ojos su reflejo en los expositores de cristal. La mujer desnuda su alma al lector indiferente de tarjetas que parpadea al mirar el saldo y le pellizca el corazón. Una tarta le pasa su manzana al motorista, que arranca su sombra con el puño y al fin se va por otra puerta a confinarse. Por acá en las sombras, detrás de las cortinas, las baldosas huelen a vinagre y las uñas a lejía, a fármaco y alcohol. Al tiempo lo recorren caracoles que babean su cuarzo lento en las fachadas. A las ocho en punto se abrirán de nuevo los balcones. Las manos repicarán de aplausos, como alegres ...
Estado de alarma. Noveno día
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Estado de alarma. Noveno día Por azar, mi piso parece una celda de colmena pintada; eso parece. ¿Caminar por la baldosas? No. ¿Caminar? Mejor correr con zapatos de gamuza azul, bailar sábado a la noche con la lluvia y dar vueltas a la cocina y al salón por si acaso hubiéremos de reposar bajo cuatro marjales de ceniza tras ser mordidos por el virus invisible. Vaya, aquí estoy de nuevo, de regreso al salón por la cocina; por azar de peonza moldeada en una rueda, los grifos goteando su canción sobre el estaño. Tú giras las caderas, alígera y pronta, como una noria de primavera; porque la primavera ya está aquí con sus rizos verdes y sus vinagreras; oh hermosa, está aquí sin que nadie lo sepa, sin que a nadie le importe, cada cual en su propia celda pintada, mientras cuenta las violetas que le faltan a marzo, sentado sobre la vida que pasa en un sillón azul lleno de polvo.
Estado de alarma. Octavo día
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Estado de alarma. Octavo día Nadie se queja en la penumbra. Ráfagas de respiración asistida soplan en los pulmones residentes de los asilos. Los submarinos de las grandes fortunas se sumergen en las zonas abisales del parqué donde viven los carroñeros devoradores de cadáveres y muerden con sus serpientes de bots, mientras engordan su cartera de diamantes e incunables. No. Los índices no explican las razones de los dientes de sierra de las gráficas ni por qué su perfil corta como un cuchillo de hielo las bolsas de pan o por qué su altura mengua las cestas de la compra. Con todo, nos reímos de la certeza monetaria del mercado. Más seguro parece entrar en un ojo de huracán y salir ileso, más cierto abrir la jaula sin mordaza de un león y abrazarlo igual que a un buen amigo. En fin, tres veces, tres veces han negado las palomas que me han gritado ¡hola! y les pido mil perdones. La mañana de luz descorre las pupilas de la calle semidesierta, atravesada por sonrisas bajo las mascarillas y...
"Pescadores del sur. Orillas de Carboneras" (Arráez Editores, 2013), de Antonio Carrillo Alonso. Notas de un simple lector
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Pescadores del sur. Orillas de Carboneras (Arráez Editores, 2013), de Antonio Carrillo Alonso. Notas de un simple lector 1 . Pescadores del sur. Orillas de Carboneras (Arráez Editores, 2013) de Antonio Carrillo Alonso 2 (1944, Almería), constituye la primera obra de ficción de este autor, licenciado en filología románica y dedicado fundamentalmente al ensayo y a la investigación. Se trata de la entrega inicial de una suerte de trilogía a la que sucedió un estudio de carácter histórico: La pesca en Almería (1900-1976). Importancia de las familias marineras de Carboneras, Estepona e Isla Cristina como puntos migratorios (Arráez Editores, 2017) y que finalizó con un amplio compendio lingüístico: El léxico de los pescadores de Almería de ayer y de siempre (Instituto de Estudios Almerienses, 2019). Sobre el suelo firme de una intensa y extensa investigación antropológica y a la luz de su propia memoria personal y familiar, Antonio Carrillo Alonso se embarca ...