Estado de alarma. Decimoctavo día
Ha amanecido un día de lluvia a favor de la nostalgia.
El nido, la casa ha permanecido a media asta con los cimientos plantados en el fondo de la tierra.
Alguien ha levantado las persianas y ha abierto las ventanas mientras el sol y el aire realizaban test preventivos a las vísceras verdes de la primavera.
Tal vez hace unos días el desasosiego alcanzó su pico y el alud de los contagios ruede ahora más despacio por las calles decaídas.
Quizá aumenten hoy las altas y el abrazo, la desintubación de las tráqueas y las caricias del aire, los latidos púrpura del corazón que no se desangra nunca a pesar de la distancia.
Fueron los tractores verdes combatiendo por la tarde al enemigo hasta hacerle morder el polvo, las mochilas pulverizadoras, los soldados pintados de nieve, el hipoclorito sódico salpicando sobre los bancos y los mercados.
Fueron los juramentados de Hipócrates con sus batas blancas, los contribuyentes transfundidos en cada cama de hospital.
Fue la emergencia de devolver los libros a los niños, el parque y el paseo a los abuelos.
Fue la primavera que llegaba otra vez con su equipaje al sol la que hizo arder de nuevo las banderas sin límite de los pañuelos y las blusas.
Fue tu pómulo encendido, tu ojo sembrado de césped verde convertido en alegría de cristal.
Fue el avión de tu pelo procedente de marzo y de la rosa de los vientos.
Fuiste tú, tú fuiste con la presencia y la ternura.






