Estado de alarma. Undécimo día
Un cementerio de ancianos, viejos árboles caídos, tumbados sobre sus camas, desasidos, arrancados de la vida... ¿Y la humanidad de cristal no se rompe?
¿No se desangra en sus fregonas de agua sucia?
¿Quién podrá ocultar la conciencia en los armarios y reconocerse después en los espejos?
Dentro de una pesadilla, no sé si escribo o camino, arrastrado, ahogado en un cauce seco de ira. ¿Hace falta que brote una amargura de sal y desentierre la inocencia?
Ancianos ya sin carne y sin memoria, viejos libros consumidos, vueltos en ceniza lentamente sobre horizontales sudarios, con el rigor mortis de la piedra... ¿Y no se quiebra el cristal de roca de los ojos?
Y uno pone el juicio en cuarentena, suspende el pensamiento y espera absorto el alta de la ilusión enferma, el cese de la lluvia horizontal de los cuerpos marchitos.
Me lavo las manos en el agua clara de los datos y salen a la luz las heridas médicas, las piernas recortadas del sistema, la flexibilidad de la espalda pública de los parias.
El ejército de salvación ha llegado tarde. Apretados, inmóviles y en silencio, los ancianos no respiran ya en las salas saturadas de abandono… ¡Y los corazones de cristal no se rompen!






