EL HACEDOR DE HAIKUS
Si somos lo que hacemos, entonces me puedo considerar un simple hacedor de haikus. La realidad gravita en esto que me pasa ahora: este cuarto solitario, este ventilador barato que dibuja y desdibuja el aire con las aspas, esto que pienso y hago que ocurra.
Todas las tardes recorro el mismo camino hasta la playa con la mochila al hombro y la cámara fotográfica al cuello. En realidad, todas las tardes no: los sábados y domingos marcho al amanecer. Y el mismo itinerario, tampoco. Si algo me ha enseñado el haiku, consiste en que nunca entramos en el mismo lugar ni permanecemos iguales a nosotros mismos más de una vez y que este ahora difiere del ahora que acabo de anotar hace siete palabras. Así, sin volver atrás, el camino y el caminante discurren, inexorablemente, como una hoja en un río arrastrada por el tiempo.
Entretanto, si un haiku se planta ante mí, atrapo su figura con el disparador de la cámara, la llevo a casa y la recupero mediante el editor de imágenes del ordenador. Seguidamente asocio cada instantánea con la experiencia original percibida y esta con su intuición o revelación en diecinueve sílabas, las cuales transcribo en un procesador de textos cualquiera. Prescindo de mayúsculas y signos de puntuación. La mayúscula inicial presupone un origen o principio, pero este comenzó antes del haiku, y el punto final también carece de justificación o sentido, porque el continuo espacio temporal prosigue fluyendo después de la última palabra. La ausencia de comas, interrogaciones, etcétera, permite al lector que contempla el haiku reconstruir el sentido con su propia respiración, énfasis y pulso emotivo.
Por las mañanas, actúo de conserje (mejor dicho, oficial de mantenimiento). A veces, cuando la oscuridad no ha alumbrado aún la luz del día y las rachas de aire frío cortan sin piedad las fachadas de los edificios y los rostros de los madrugadores, despierto y me siento una pieza insustituible de uno de los incontables microcosmos que componen el universo, advierto que mi papel secundario y modesto de conserje contribuye a que la obra principal continúe. Cuando acaba la jornada, cierro el colegio y almuerzo en casa. Veo y escucho las noticias. Después, suelo echar una pequeña siesta beatífica que acalla los pensamientos y despierta las quimeras.
Algunas tardes dejo volar la imaginación y te recuerdo. Percibo tu nombre modulado en el viento, convocado por mi voz. Cansado de ser el amo solitario de este espacio en el que habito, de este minúsculo reino de vacío interminable, creo que te abrazo en la playa, piel contra piel. «¿Para qué el mundo —pienso yo—, con tus piernas descansando sobre las mías?». En esos momentos lo tengo todo. Tú me hablas y cada vez que sonríes vuela un haiku de tu boca hacia la mía. Me dices algo de la vida y de la muerte, pero en ese instante me despabilo de forma inesperada, mientras escucho aún tu risa cuya paz triplican los espejos. Entonces me incorporo. En la mesita se abre paso el tiempo con sus manillas. Bajo el cristal que cubre la madera, miro los retratos antiguos y familiares en gris y sepia. Evoco, suelo evocar, qué sencillo aparentaba ser todo en aquel tiempo: o blanco o negro. Tras los visillos, se adivina la calle desdibujada. Preparo la mochila, el agua fresca, unas zapatillas nuevas que sustituyen a las viejas, desgastadas y con la suela rota, y la cámara con el objetivo de 50 milímetros, que muestra la realidad a una distancia focal semejante a la del ojo humano. Decido escribir primero los haikus en la mente antes de realizar la fotografía. Salgo de casa. Con un alboroto enorme, la chiquillería juega en las pis-tas deportivas del patio del colegio. Me dirijo al exterior del edificio y saludo a la empleada municipal, sentada en mi habitáculo matutino, encargada ahora de supervisar las entradas y salidas durante las actividades de tarde. Escucho el ruido sordo del portero eléctrico de la cancela. Empujo y accedo a la calle. A doscientos metros, acaba la ciudad.
Anduve solo hacia el sur, hacia el mar. Era una tórrida tarde de junio y el aire ardía. Todo el camino estaba sembrado de haikus. Los viandantes se derretían en las aceras. El mundo estaba hecho de luz y el sol había secuestrado las sombras. Plañía el metal de las cornetas y fiscornos ensayando la semana santa del año próximo. Desde la torre de la iglesia repicaba la campana con voz quebrada reverberando su bronce en el espacio. Por la avenida, un soplo de aire acunaba los dos farolillos rosas del restaurante chino. Pensé que las campanillas doradas sobre el asfalto jamás podrían arraigar. Cinco fornidos atletas estiraban y goteaban sudor sobre las vallas. Cantaba la flor del pájaro sus colores agudos y cálidos entre las hojas. Sobre un campo de nubes un guirigay de pájaros se alejaba y volvía. Entre los matojos, el canario cloqueaba sus borboteos de agua. Me dije que el mundo no cambiaba mientras lo fotografiaba o escribía, pero lo percibía e intuía mejor. Se levantó una frescura de tarde, regalo del estío. Que sí, que sí, cabeceaban las palmeras, voz de la brisa. Bajo un cielo, de repente sin pájaros, los cohetes, truenos de luz, estallaron. Se celebraban las fiestas ruidosas y alegres de algún barrio. Aquí estaba otra vez el haiku, como un fósforo que brillaba de repente en el centro de la nada. Lo pronuncié con la cámara y con la voz. Previo al disparo, le di vida en el ojo y en el pensamiento. Ajusté manualmente el diafragma, controlé la luz, el ángulo, el enfoque… y pulsé el disparador.
Debo mirarlo todo mientras paseo, escucharlo todo, re-gistrarlo todo en la tarjeta de memoria y en mi cabeza: «asti-llas de oro / hunde el sol en tus ojos / gorrión del sur», «búmeran de alas / tornan a sus hogares / los avioncicos», «cuánta desgracia / ya no apuntas al sur / rama quebrada», «verdes aromas / sembríos melados / qué dulce vega», «lejos el mar / que la calina esfuma / y tú a mi lado»…
Por fin, escoltado hasta el final por los plátanos de sombra, alcancé la playa. Era la hora, el lugar en punto del recuerdo enjaulado en el pecho como un tambor o un pájaro. Cuánta tristeza si hubieses soltado mi mano en aquel instante. Estabas allí conmigo, presente en cada ola del mar casi eterno, en el sol que venía a nadar en el vino y oro del sosegado ocaso: «tardes de junio / cuánto os eché de menos / todo el invierno». Se acercaba el crepúsculo. El sol poniente agotaba las horas de luz y dejaba en el cielo rojos de incendio. Finalmente se desplomó tras de los montes: «¡Qué breve tiempo —pensé—, qué breve tiempo! Solo una muda, amor, tu piel que ha durado conmigo toda la vida».
Había que regresar. A lo largo del camino se encendían las farolas como migas de luz.
Motril, junio de 2017.
FIN