Estado de alarma. Decimosexto día
¿A qué poner el mundo en horario de verano, encoger una hora el mes de marzo, robar a Cronos el juguete que gira desde siempre entre sus manos?
¿De qué sirve aluzar abril, estirar el sol por los meridianos, entre las horas del día, como una serpiente emplumada, de isla en isla, de manzana en manzana, de piso en piso, de naúfrago en náufrago, acortando el espacio de las sombras?
En octubre habrá que equilibrar de nuevo el equinoccio, devolverle entonces el tiempo sustraído.
¡Quién sabe si llegaremos al mes de las hojas amarillas, abrasados o no, con los labios confinados o entreabiertos, si morderemos al final los ásperos membrillos y podremos enfriar las castañas humeantes boleándolas al aire con las manos!
No sé si averiguaremos las respuestas, si veremos todos esa luz distante del otoño; a algunos les habrá detenido antes un golpe de tos, faltos de aire, habrán cerrado los ojos efímeros sin abrirlos más en la cuneta de algún mes de primavera o de verano; pero la vida sigue, seguirá de alguna forma con sus miles, incontables, sonidos y matices.






