Estado de alarma. Décimo día
En el escaparate se expone el pan a las miradas; a ser atrapado por la dueña de un jersey azul, que aguarda su turno entre dos metros de aire y un pantalón vaquero ajustado a un motorista.
Dentro el olor a pan y a horno se esparce por el aire, amasándolo con besos de madre y leña tibia de edredón. Allí el olor ha perdido la distancia segura entre clientes y los pasteles se comen con los ojos su reflejo en los expositores de cristal. La mujer desnuda su alma al lector indiferente de tarjetas que parpadea al mirar el saldo y le pellizca el corazón. Una tarta le pasa su manzana al motorista, que arranca su sombra con el puño y al fin se va por otra puerta a confinarse.
Por acá en las sombras, detrás de las cortinas, las baldosas huelen a vinagre y las uñas a lejía, a fármaco y alcohol. Al tiempo lo recorren caracoles que babean su cuarzo lento en las fachadas. A las ocho en punto se abrirán de nuevo los balcones. Las manos repicarán de aplausos, como alegres campanas, al ritmo vivo de los días de fiesta.






