Estado de alarma. Octavo día
Nadie se queja en la penumbra. Ráfagas de respiración asistida soplan en los pulmones residentes de los asilos. Los submarinos de las grandes fortunas se sumergen en las zonas abisales del parqué donde viven los carroñeros devoradores de cadáveres y muerden con sus serpientes de bots, mientras engordan su cartera de diamantes e incunables.
No. Los índices no explican las razones de los dientes de sierra de las gráficas ni por qué su perfil corta como un cuchillo de hielo las bolsas de pan o por qué su altura mengua las cestas de la compra. Con todo, nos reímos de la certeza monetaria del mercado. Más seguro parece entrar en un ojo de huracán y salir ileso, más cierto abrir la jaula sin mordaza de un león y abrazarlo igual que a un buen amigo.
En fin, tres veces, tres veces han negado las palomas que me han gritado ¡hola! y les pido mil perdones. La mañana de luz descorre las pupilas de la calle semidesierta, atravesada por sonrisas bajo las mascarillas y enmascarada por guantes desechables que protegen de las huellas dactilares y el anhelo del tacto.
Estampo, estampo aquí el vuelo y la paloma, la sonrisa y el labio, la mano y la caricia, las fronteras de la calle abierta en las puertas inciertas del destino.






