Estado de alarma. Séptimo día
Se han adueñado del azul del cielo los cantos ásperos de las gaviotas, que dejan escapar de los pulmones una voz cascada de corneta. Sin embargo, su elegante vuelo en las alturas cruza el rectángulo de cristal de las ventanas. ¡Adiós!, ¡adiós!, les gritan los autoexiliados del mundo detrás de las lunas transparentes, asomados al barranco asfaltado de las calles. Y de pronto la ciudad, sin previo aviso, desaparece y huye bajo la libertad encalada de las alas.






