Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

Ver las obrasSobre el autor

Último libro

Portada de El testimonio del silencio

El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

Comprar en Amazon

Próximamente: Memorias de agua. Crónicas de la Acequia Real (Colección Genil, Diputación de Granada, 2026).

Algunos libros

Las 34 obras, con dónde conseguirlas →

Premios recientes

  • 2026 Primer premio, 43.º Concurso de Cuentos Gabriel Aresti (Bilbao)
  • 2026 Primer premio, I Certamen Iberoamericano de Relato Breve «El Vínculo Atlántico» (Santander)
  • 2025 Primer premio, XIII Concurso Internacional de Relato Bruma Negra
  • 2025 Primer premio, Concurso Literario «Ciudad de Alfaro» (La Rioja)

Todos los premios →

Contacto · Cuaderno (archivo del blog)

La bocha roja. "Mother Love"

LA BOCHA ROJA. MOHER LOVE

 

Es su turno. David siente sobre él los ojos atentos y vigilantes de su padre, que está sentado en alguna grada del polideportivo cubierto y repleto de público. Seguramente es así como observa las pantallas y sopesa las oportunidades del mercado, así como calcula los riesgos antes de comprar y vender los complejos productos financieros que solo unos pocos alcanzan a comprender. David lo sabe porque le visitó una vez allí, en una sala enorme de la torre, en Canary Whorf, rodeado de ocho o diez ordenadores y de otro medio centenar de traders, ingenieros o matemáticos especializados en finanzas. Su padre, Héctor, es un ganador como él. A veces, invierte en bonos o se desprende de acciones por valor de miles de millones de euros y enriquece o arruina a un país entero o a una gran empresa. Pero Héctor y la sociedad financiera en que trabaja siempre ganan. Como David. Él es un vencedor y ahora es su turno. Siempre ha puesto todo su empeño desde que tiene uso de razón, incluso antes. Ha sido muy duro llegar hasta aquí. Una enorme dosis de voluntad y constancia, ninguna debilidad de carácter, además de un incontable y permanente desembolso familiar, le han permitido llegar a ser quien es: un joven muy competitivo con escasa empatía por el fracaso; un muchacho tan resuelto como su padre, que le ha inculcado esos valores. Se ha esforzado al cien por ciento. Ha sacrificado más tiempo que la mayoría de la gente de su edad para progresar. Todo el escaso y selecto clan es así. Su madre, propietaria y chef de vanguardia de uno de los más afamados y caros restaurantes de la City londinense vive entregada a su arte. A veces David piensa que es lo único que le importa en el mundo, que solo ama ciegamente a su restaurante. Es raro el día en que los tres coinciden en la esplendente casa de South Kesintong antes de que David se acueste en la holgada cama, ayudado por alguno de los empleados. Es cierto que cada dos veranos acostumbran a desaprovechar quince días juntos en algún lugar del mundo, pero tampoco entonces conversan demasiado porque sus padres suelen acudir a fiestas aburridas y acaban por atender compromisos sociales imprevistos. Hoy tampoco su madre ha venido a animarle, pero han hablado por el móvil y estaba muy contrariada:

—No puedo estar contigo mucho rato, hijo. Estoy dándole vueltas a una nueva creación gastronómica. ¿Tú crees que Mozart hará un buen maridaje con un burdeos del ochenta y dos?

—Te echo de menos, mamá —respondió con voz nasal y lenta.

—Yo también. Abrígate, hace mucho frío —y colgó.

—En Londres sí hace frío, pero no en Manresa —replicó David al teléfono, con voz imprecisa y monótona, antes de que el entrenador pulsara el icono de fin de llamada.

Pero ahora es su turno. En realidad, no puede quejarse. Siempre ha dispuesto de las mejores niñeras, de los más destacados profesores particulares, de sobresalientes terapeutas y entrenadores personales. Por el contrario, su contrincante pelirrojo y pálido, Javier, no podría decir lo mismo. Es un pobre chico. Literalmente. Han cruzado algunas palabras en el restaurante del hotel donde están concentrados. El iluso sueña con la conquista del campeonato nacional. Es cierto que ha demostrado ser el rival más peligroso que juega en su categoría, pero no le avala ningún brillante palmarés previo. Y sin embargo se le reconocen y aprecian grandes cualidades deportivas, personales y humanas, según comentan los jugadores, aunque David no sabe o no puede verlas. Su contrario siempre está de buen humor sin ningún motivo aparente y padece una verbosidad incontenible, lo que hace dudar de su intelecto o de su preparación. Le han contado que procede de Almería y que su padre, un hombre fornido, bajito e insignificante, es marinero o peón agrícola en función de la época del año. La madre, ayudante de peluquería, abandonó transitoriamente su empleo y sueldo para cumplir esta temporada el sueño de su vástago. Los dos le acompañan continuamente y siempre visten con chándales gastados y desteñidos. Ella es su auxiliar y entrenadora personal. Siempre le sonríe (una sonrisa idéntica a la del hijo); siempre le mira con adoración juegue mal o bien, acierte o cometa errores, incluidos los más imperdonables. Esa madre le recuerda a David otra madre de una —le pareció— intolerable y estúpida composición pictórica de finales del siglo diecinueve. Aquella mixtificación de la sencillez y de la felicidad se titulaba Mother Love, creada por el artista Paul Peel. Un óleo sobre lienzo, de metro y medio de alto, que descubrió con sus padres en la Galería Nacional de Canadá, en Ottawa, durante alguno de esos quince días olvidables de vacaciones familiares. La esposa de un pescador, morena y descalza parece esperar a su marido, a la vista del reloj que cuelga en la pared. Su bebé es pelirrojo, tal vez como el esposo. Ella mira a su hijo —opinó— con amor sobreactuado y empalagoso, mientras cose y arregla una red de pesca. A sus pies, dos gatitos beben leche junto a su madre y otro juega con un ovillo...

Pero ahora es su turno. Javier, el oponente de David contra todo pronóstico, a pesar de las dificultades que le acarrean sus escasas cualidades físicas y técnicas, sin atesorar mérito alguno, en una palabra, ocupa la primera posición del campeonato nacional de bocha. Hasta el momento, no han ocurrido problemas reseñables a lo largo del partido. A veces, a iniciativa de Héctor (que dirige a distancia a su asistente), ha sido necesario utilizar una galga metálica para calibrar el espacio entre la bola blanca y las bolas de color. Si sumamos los puntos de los parciales anteriores, ambos jugadores empatan a tres, pero David está perdiendo la final. Dos bolas azules, de las seis arrojadas por su oponente, casi besan a la bola diana y él ha tirado ya cinco de las suyas rojas. David permanece sentado firmemente en la pesada silla. La ancha superficie de rodamiento de los neumáticos ayuda a evitar desplazamientos laterales. Los apoyos de los costados que fijan la cadera y las cinchas que sujetan la cintura controlan su tronco para que no se desplace hacia adelante. David mantiene la muñeca y los dedos en la posición adecuada, gracias a los vendajes que le han practicado. En resumen, cuenta con óptimos elementos auxiliares. En su próxima jugada, la última del cuarto parcial y del partido, David revalidará o no el campeonato nacional de bocha en la división individual BC1. Fuera del box número tres, su preparador, Marcos, el experto fisioterapeuta argentino elegido por su padre, le redondea y pasa la bola roja que definirá el encuentro.

—Sabés que la espasticidad de David —informó a su padre hace tres años, minutos antes de ser contratado definitivamente y meses después de una exhaustiva recogida de datos— le lleva a contraer algunos músculos e interfiere con la manipulación de objetos. Debemos valorar también que lanza por arriba y las muchas dificultades que el pibe presenta para extender correctamente el codo y la muñeca y para soltar la pelota...

David advierte a Marcos que reposicione la silla antes de disparar su proyectil de cuero rígido. Quiere garantizar una colocación estable y segura del asiento y por tanto el control y la precisión en el ángulo y dirección de la tirada. El árbitro principal, de pie sobre el parqué de madera, muestra una pala de tenis de mesa, a modo de indicador rojo, para avisar qué competidor debe jugar. El juez de tiempo pone en marcha el cronómetro digital. David ha consumido prácticamente los cinco minutos del parcial. Debe efectuar su lanzamiento en los próximos segundos. El público guarda silencio. En seguida, se escucha al mismo árbitro vocear nítidamente el lapso restante: «¡Diez segundos!». En el campo de bocha, trazado con cinta adhesiva de color blanco sobre la cancha de balonmano, el aire pareció tensarse. David volvió a analizar un instante la posición. Jorge había cambiado su táctica habitual de juego. En este parcial, había pateado con fuerza la bola diana lejos de la línea “V” inicial y de la cruz central, hasta el final de la pista. El contrincante de David, el preferido de aquel público ignorante, el chico de pelo rojo que sonreía a la vida y a la madre boba en el cajón de lanzamiento número cuatro, esta vez había sabido situar las esferas azules con magnífica puntería. El muchacho las había colocado en línea, como los peones de un dinámico tablero de ajedrez, formando una barrera infranqueable frente a la bola blanca. Ahora él debía poner en práctica o al menos recordar todo lo que había aprendido sobre este deporte: primero relajarse por medio de la respiración y la distensión; después, concentrarse y visualizar el objetivo; finalmente, coordinar el momento de soltar la pelota con la amplitud del codo y el control de la fuerza y velocidad del tiro.

David proyecta por fin al aire la última bola, la más largamente calculada, la de mejor y más cuidada estrategia; la bola ganadora. Ahora demostrará a su padre y a todos que él es infinitamente superior a su rival; que ha entrenado hasta la extenuación y experimentado el dolor más vivo en cada músculo insignificante de su pobre cuerpo no solo para llegar a lo más alto del pódium, sino aún más arriba; que el merecedor del aplauso y la devoción de todos es él y no ese muchacho humilde y tosco; que él, solo con un movimiento planeado y ejecutado al milímetro, será también capaz de decidir quién gana o pierde, como hace su padre cuando especula en bolsa; que va a elegir hoy la dudosa gloria del vencido, el descrédito memorable del perdedor porque la victoria tendría ahora el amargo sabor de la derrota; porque su triunfo no armonizaría, no haría un buen maridaje con la expectación y el deseo del público de que pierda; porque en este momento conquistar, someter o dominar sería tan inconsecuente y necio como degustar vino y escuchar a la vez la sonata K 488 de Mozart o quizá porque Javier, el chico modesto y simpático al que la grada ovaciona, solo tiene ese chándal desvaído y un sueño inofensivo y diáfano y él lo tiene todo... Aunque no, no es por eso, en realidad no es por eso. Mientras la bola roja vuela intencionadamente a la derrota, David descubre asombrado la inexplicable y verdadera razón. Lo que él ambiciona con lacerante desesperación, lo que pretende descarnada y absurdamente en lo más íntimo de su voluntad, lo único que desea ahora es, sencillamente, contemplar de nuevo cómo la madre de Javier observa a su hijo pelirrojo, que ella le sonría con afecto, que la mujer del pescador mire con ternura a su bebé, con amor maternal a David, embelesada, como en aquel impensable y maravilloso cuadro de Paul Peel.

Entradas populares de este blog

«El testimonio del silencio: Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina» (9 de agosto de 2025) - Una novela de Francisco C. Ayudarte Granados

El caballo de siete colores (1848). Cuento de Juan de Ariza (Motril, 1816 - La Habana, 1876)

La princesa del bien podrá ser (1848). Cuento de Juan de Ariza