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Mostrando entradas de enero, 2011
Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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Último libro

Portada de El testimonio del silencio

El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

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Próximamente: Memorias de agua. Crónicas de la Acequia Real (Colección Genil, Diputación de Granada, 2026).

Algunos libros

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Premios recientes

  • 2026 Primer premio, 43.º Concurso de Cuentos Gabriel Aresti (Bilbao)
  • 2026 Primer premio, I Certamen Iberoamericano de Relato Breve «El Vínculo Atlántico» (Santander)
  • 2025 Primer premio, XIII Concurso Internacional de Relato Bruma Negra
  • 2025 Primer premio, Concurso Literario «Ciudad de Alfaro» (La Rioja)

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El Emperador alejado

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El diplomático fue conducido ante la presencia del nonagenario Emperador con una venda de seda  bordada en los ojos y tapones de cera procedente de los panales reales en los oídos. Había realizado el largo trayecto en carruaje de gala durante tres o quizá más de seis días. No podía calcular exactamente el tiempo empleado, pero menos la distancia que había recorrido. Lo mismo podían haberse desplazado diez mil li (que es como decir el infinito) que haber girado y girado sobre las mismas dos calles de la gran ciudad imperial.   Retiraron seda y cera de su cabeza y le devolvieron la vista y el oído en la grandiosa Sala de Audencias. En seguida, le concedieron unos instantes para recuperar la integridad de sus sentidos y templar el ánimo alterado por la magnificencia y maravilla de aquella estancia que sólo unos pocos agraciados habían podido contemplar.   Antes de pasar a tratar los delicados asuntos de Estado para los que había sido requerido,  el embajador ponderó...

Pasos

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Víctor escuchó con atención, soliviantado por aquellos pasos. Pasos vacilantes que trazaban espirales en el portal, que rozaban los peldaños, que acampaban, inciertos, en el primer descansillo. Las pisadas se adivinaban cercanas al dintel, resonaban inquietas en los muros descuadrados. Víctor se aproximó a la entrada que parecía caminar hacia él. Luego apoyó la cabeza en un entrepaño y descansó las manos en el relieve del bastidor. Abandonado en el postigo de la puerta, esperó el temido golpeteo sobre la plancha agrietada. Nada. Víctor permaneció en silencio, con el cuerpo echado sobre la madera. Nadie llamaba y el que fuese, lo que fuese, estaba allí detrás de la hoja, tal vez tocando su frente con las manos por el otro lado. Con un gesto torvo, apartó vivamente la cabeza mientras presentía un vaho lechoso que traspasaba la tabla. Dio un paso atrás, acechando con horror el pomo que parecía girar sin moverse. Un sudor frío le bañó inesperadamente la cara y la espalda y le secó la garg...

Terral

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Juan es mi hermano mayor. Sus aficiones eran, por orden de preferencia, martirizar a las moscas y jugar a la guerra con indios de plástico. Mamá es muy estricta, prácti­camente nos mantenía encerrados en casa. A veces íbamos a misa los domingos y los doce de setiembre. Todos los doce de setiembre mamá llora mucho, se pone un vestido de seda muy negro y nos acercamos al cementerio. Yo no recuerdo a papá, pero Belén dice que era maravilloso. Belén es prima lejana de mamá, parece mucho más joven y tiene el pelo rizado y los ojos negros. Las dos son viudas pero muy distintas en su forma de ser. Belén es como un vuelo de gorriones. Mamá, no sé por qué, le recordaba a Juan las moscas de sus torturas. En el verano, mamá invitó a Belén a pasar unos días en casa. Juan cumplía veinte años. Ella vino con sus pequeños gemelos cuando el pueblo era un cántaro de barro cociéndose al sol. Soplaba ese viento colorado, sahariano, que llaman terral. Era sofocante salir a la calle. Mamá y Belén se s...

Una polilla en Manhattan

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  A Javier Collazo, que contó una historia inspiradora. Si algo me molestaba en la oficina a esta hora de la tarde eran las polillas y el color blanco del cubículo que multiplicaban la intensidad hiriente del estrés y la iluminación interior. Lo peor eran las polillas que revoloteaban por todo el salón en la cuadragésima planta de aquel rascacielos de Manhattan. Topaban contra los cristales en busca de las luces de la Quinta Avenida o se atascaban entre la tulipa y la bombilla encendida de mi lámpara de mesa. Sin embargo, aquel movimiento imprevisto y trémulo que noté con el rabillo del ojo no era lo habitual. Dirigí directamente la mirada sobre el objeto de mi atención, que no era otra cosa que una pequeña mariposa nocturna atrapada en una maraña de hilos de seda. La trampa, con apariencia de embudo, se adhería  y camuflaba en el interior del ángulo que formaba la junta de dos paneles separadores. ¿Cómo había podido pasar por alto la empresa de limpieza semejante anomal...

El adivinador de sexos

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—Es un niño —aseguró el ginecólogo sin temor a equivocarse ni a malinterpretar el apremio de la pregunta que le formulaba la joven con los ojos y en silencio. En seguida anotó en su memoria cada uno de los gestos de felicidad contenida  y alegria expresa de los padres con igual meticulosidad y paciencia que había completado el historial de la mujer y examinado internamente su pelvis y externamente su abdomen, durante aquella larga y agotadora primera visita a la consulta. Cuando la asistente cerró la puerta, el galeno abrió el famoso cuaderno de anillas en que anotaba el sexo de los nonatos, con un porcentaje de acierto del cien por cien. El mismo cuaderno que había atraído a su clínica (más que sus buenas prácticas) a todas las embarazadas de este y de otros distritos y ahuyentado a muchos colegas sin clientela a zonas más promisorias de la ciudad. Allí anotó, en la columna de "Pacientes", Laura Rupérez Cosío y en la de "Sexo del bebé", NIÑA.  Llegado el caso, e...

Ámbar

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¿Por qué el sepulcro, donde te dimos urna pacífica, te ha echado de sí, abriendo sus senos que cerraban pesados mármoles? ¿Cuál puede ser la causa de que tu  difunto cuerpo vuelva otra vez a ver los rayos pálidos de la luna añadiendo a la noche horror? William Shakespeare: Hamlet. Hoy no me apetece, pero si mirara al techo vería huir las polillas y observaría de nuevo la cáscara vacía, solícitamente amortajada de una mosca que cayó en la trampa diligente de la araña. Si quisiera, podría también girar apenas la cabeza y admirar, a través de los sucios cristales de esta buhardilla, la hilera de casas  antes señoriales  de hasta tres pisos, la anárquica simetría de los adoquines, las hojas oscuras de hiedra y la alta torre de la Iglesia Mayor en que ondea la campana dentro de su penacho de piedra... Aunque hoy, ahora, sólo me preocupa ordenar mis pensamientos. O escapar. Porque en realidad es eso, quisiera escapar, olvidar, volver a ser niño,  buscar una mano en ...

Querida hermana Lola

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Si acaso la luz no entrase tan viva por los rectángulos de la persiana, la mujer podría conciliar de nuevo el sueño. No le agrada estar así, tumbada en la cama como un peso muerto, dándole vueltas a la cabeza. A su lado, el marido roncaba apaciblemente. Él no se levantaría hasta las diez o las once de la mañana. Era su forma de hacer más cortos los días, ahora que ya el tiempo era una página en blanco entre el amanecer y el ocaso. Tengo que levantarme, pensó. Pero siguió echada un poco más, mirando las sombras chinescas que se proyectaban distorsionadas en el techo, al azar de las personas y objetos en movimiento que se interponían entre la oblicuidad del sol y las rendijas de la persiana. Eran gentes que iban o venían —caminando o en automóvil— a alguna parte, de algún lugar, que tenían razones para moverse, para estar de pie como un corazón latiendo a esas horas. Voy a levantarme, se repitió. Fuera de la casa, la calle es solamente un ruido de pasos, voces y motores. ...

El fritillo

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Aquella mañana, Elvira, sin poderlo evitar, lloraba desconsoladamente. Dos lágrimas auténticas, desorbitadas y blancas como dos uvas italianas, rodaban por sus mejillas. Elvira intentaba enjugarlas con el dorso de la mano, sin soltar el cuchillo en cuya hoja patinaban trocitos escarchados de cebolla, lo que la incitaba a llorar aún más, pues sus ojos eran particularmente sensibles al azufre que se evaporaba de aquel globo carnoso, separado en medias lunas. En realidad, Elvira era sensible a casi todo, especialmente a los cuentos infantiles, en particular al de Los tres cerditos , y también a las telenovelas. De su ternura habían abusado continuamente los que la rodeaban, incluido el gato. Y la tortuga, aunque la tortuga era más discreta. Elvira era una mujer madura, aún de buen ver, de treinta y doce años, cabello acaramelado, ojos de musgo, piernas de fuste dórico, talla asequible y figura redonda y rellenita como una aceituna sin hueso. Le sobraban cinco quilos por culpa de l...

Con la mirada perdida

CON LA MIRADA PERDIDA (...) contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando (...) Coplas por la muerte de su padre , J. Manrique Con la mirada perdida, deambulando del televisor  a las flores del sofá y del sofá  al cenicero habitado  de colillas; preguntando en el centro lívido de esta luz nacida, en mitad del sol descarnado de esta bombilla desnuda; preguntando, digo, si esto que tú eres tan sólo es lo que mides y lo que pesas, nada más el poder que tienes de cambiar de sitio los objetos que son tuyos; inquiriendo, en fin, si tantas vidas muertas, tantos siglos que cayeron; si tantos pensamientos vertidos, tanta herida abierta; si tanto camino andado ha servido tan sólo para que el hombre alcance un cuarto de estar solo, con un televisor encendido, contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando.

Los grillos cantan en Versalles

LOS GRILLOS CANTAN EN VERSALLES Los grillos cantan en Versalles ajenos a la grandeur del Palacio.   Los insectos estridulan en francés y los pájaros se alegran con su dulce melodía. Es la hora del almuerzo y los visitantes unen sin querer sus borborigmos al concierto. El sol cae a plomo sobre los jardines inabarcables de Versalles.   Los ojos se llenan de setos y tonos verdeamarillos y verdes.   El sol golpea las espaldas y las estatuas blancas se acaloran sin mover ni un milímetro su pálida carne de piedra.

Es un día raro

ES UN DÍA RARO Es un día raro. Otra vez el tiempo se ha equivocado: llueve a cántaros y las previsiones                             anunciaban                                                 sol espléndido. Tu también, rubia desconocida, has fallado estrepitosamente: ni me has mirado y mi horóscopo                            pronosticaba                                                 cinco estrellas en amor. (De salud tampoco debo andar bien:                                      ...