Francisco C. Ayudarte Granados

Motril (Granada), 1958

Autor de más de treinta libros de poesía, cuento y edición literaria, y de la novela histórica El testimonio del silencio. Primer premio en el Concurso de Cuentos Gabriel Aresti de Bilbao (2026).

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El testimonio del silencio
Catalina de Motril, la esclava que guardó el secreto de una reina
Novela histórica · 2025

El «Gran Asunto» de Enrique VIII, su empeño en anular el matrimonio con Catalina de Aragón, contado desde quien nunca tuvo voz: la esclava motrileña que sirvió a la reina y guardó lo que vio.

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Terral

Juan es mi hermano mayor. Sus aficiones eran, por orden de preferencia, martirizar a las moscas y jugar a la guerra con indios de plástico. Mamá es muy estricta, prácti­camente nos mantenía encerrados en casa. A veces íbamos a misa los domingos y los doce de setiembre. Todos los doce de setiembre mamá llora mucho, se pone un vestido de seda muy negro y nos acercamos al cementerio. Yo no recuerdo a papá, pero Belén dice que era maravilloso.

Belén es prima lejana de mamá, parece mucho más joven y tiene el pelo rizado y los ojos negros. Las dos son viudas pero muy distintas en su forma de ser. Belén es como un vuelo de gorriones. Mamá, no sé por qué, le recordaba a Juan las moscas de sus torturas.

En el verano, mamá invitó a Belén a pasar unos días en casa. Juan cumplía veinte años. Ella vino con sus pequeños gemelos cuando el pueblo era un cántaro de barro cociéndose al sol. Soplaba ese viento colorado, sahariano, que llaman terral. Era sofocante salir a la calle. Mamá y Belén se sentaban junto al ventilador. Leían folletines y conversaban animadamente. Siempre terminaban discutiendo sobre papá.

Juan se encerraba en su habitación. Para matar moscas a punta de alfiler, supongo. Una vez entré al ver la puerta entornada. Me dio la risa sin querer y me pegó una bofetada. Había atrapado una mosca, cortado un ala y aprisionado en un cerco de libros. Le hundía un alfiler en el tórax y, de un agujerillo en el lomo, le florecía, brillante y púrpura, una gotita de sangre.

Todos jugábamos en bañador. Bueno, mamá no, porque dice que no está bien. Yo dormía con mi hermano, los gemelos en mi habitación, que tiene dos camas, y Belén y mamá en un cuarto cada una.

Un día vi que Juan miraba mucho a Belén. Ella pedaleaba en su bicicleta graciosamente a compás. Vestía pantalón corto, zapatillas oscuras, cinturón y camiseta negra. Las cubiertas de caucho hacían tra-ac al rodar en la grava. Por la noche, Juan envolvió los indios de plástico en papel de periódico, los introdujo en una bolsa y los tiró a la basura. Su espalda cubrió la puerta al salir. Su pecho la llenó al entrar. Belén le ha dicho que está hecho un hombrecito y que le da un aire a papá. Juan se puso muy colorado pero no se fue a su cuarto.

Días después —era de esperar— me dio un cólico espantoso y me deshidraté. En cada muslo me inyectaron una botella de suero. Belén y Juan me estuvieron cuidando una tarde entera. Se rieron como idiotas porque no me dejé cambiar la ropa interior. Más tarde, no sé por qué, disputaron. Belén le reveló algo de papá. Juan vino desencajado y tuve miedo. Cuando mamá volvió de la compra Juan le espetó a bocajarro si había sido feliz con papá, si es verdad que jamás se compren­dieron. Mamá calló, ¿podré expresarlo? Se puso pálida como si el corazón se le hubiese cuajado de nieve. Me dio tanta pena que tuve que mirar a otro lado. Al oscurecer, el colchón en que Juan descansaba desde que me puse malo no hizo ningún ruido, pero yo sabía que estaba despierto y que no podía dormir.

A partir de ese día, mamá apenas le dirigía la voz a Belén y la vigilaba como a hurtadillas. Todo al revés de Juan, que se ingeniaba pretextos para estar junto a ella. Tan heladas llegaron a ponerse las cosas entre las dos, que Belén anunció repentinamente su marcha.

Aquella misma noche ocurrió algo terrible. Mamá sorprendió a Juan saliendo de la habitación de Belén. "¡Eres un cerdo, un cerdo como tu padre!", le gritó entre arañazos y golpes. Luego, dirigiéndose a Belén, la cubrió de insultos y de malas palabras que yo no había escuchado nunca.

Juan entró temblando en el dormitorio. Prendió el últi­mo cigarro que le vería fumar y empezó a hablarme como si yo pudiese entenderle: "¿Sabes? ¿quién podía imaginar que ella iba a a aparecer... ponerte la mano en la piel mojada, confundirme con papá?". Guardó silencio. Yo apenas respiraba. Continuó: "A mamá hay que entenderla, lo sé; nos mantiene en cuarentena; cree que así nos aleja del mal y nos protege; para ella el mundo es como una epidemia o una manzana podrida". Juan enmudeció de repente. Esperando al silencio, pasaron horas. Luego, guardó ropa, zapatos y algunos libros en un saco de lona. Me dio un beso muy fuerte y se marchó.

Belén y sus gemelos desaparecieron de mi vida aquella mañana temprano. Recuerdo que escuché, como en sueños, un seco portazo y el motor de un coche que se alejaba. Me levanté en seguida, desperté a mamá y le conté lo de Juan. Abrió unos ojos así, como si le arrancasen las entrañas con unos garfios, pero no dijo nada. Almorzamos en silencio. Cenamos en silencio. Juan. No es que haya dejado vacía la casa. La ha llenado de soledad. Esta noche que escribo se está levantando una luna muy roja, muy roja. Mañana va a hacer mucho calor y yo... yo no quiero crecer nunca.

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