Una polilla en Manhattan
Si algo me molestaba en la oficina a esta hora de la tarde eran las polillas y el color blanco del cubículo que multiplicaban la intensidad hiriente del estrés y la iluminación interior. Lo peor eran las polillas que revoloteaban por todo el salón en la cuadragésima planta de aquel rascacielos de Manhattan. Topaban contra los cristales en busca de las luces de la Quinta Avenida o se atascaban entre la tulipa y la bombilla encendida de mi lámpara de mesa. Sin embargo, aquel movimiento imprevisto y trémulo que noté con el rabillo del ojo no era lo habitual. Dirigí directamente la mirada sobre el objeto de mi atención, que no era otra cosa que una pequeña mariposa nocturna atrapada en una maraña de hilos de seda. La trampa, con apariencia de embudo, se adhería y camuflaba en el interior del ángulo que formaba la junta de dos paneles separadores. ¿Cómo había podido pasar por alto la empresa de limpieza semejante anomalía? Me dispuse, pues, a enmendar el error. Extraje un clínex del paquete abierto sobre la mesa, sin advertir esa otra telaraña de expedientes e informes que me aprisionaban y ocupaban mis tardes desde hacía algún tiempo, a pesar del auxilio del ordenador. Pero antes de limpiar y devolver al universo su orden administrativo, se me antojó mirar a través de los ventanales, sobre los que no se interrumpían los golpes sordos y ciegos de los insectos. Distinguí en la distancia, cada vez mejor iluminados, los muelles del Lower Manhattan, desde donde partían los ferrys hacia Staten Island y la Estatua de la Libertad. No sé por qué pensé de pronto en el Sena y en los diez minutos mágicos en que la Torre Eiffel, tras caer la noche, era dibujada por miles de luces de colores, según aseguraba Helen. Ella insistió una y mil veces en volar a París y permanecer allí un par de semanas. Intentaba convencerme de que no todo en la vida era trabajar y trabajar para amasar una fortuna y adquirir un coche de alta gama y satisfacer la hipoteca de una gran vivienda con garaje, piscina y jardín; que el tiempo era lo que más vale en esta vida y no se puede comprar con dólares. Pero al final ella marchó sola, cansada de posponer su aventura a la interminable tramitación de mis tareas pendientes en la oficina. Cuando volvió de la ciudad de la luz, la relación entre nosotros se había enfriado aunque seguimos siendo amigos. De vez en cuando ella me habla de París y comparte conmigo su memoria, embellecida por la experiencia imborrable de aquel viaje. Sin embargo, yo ni siquiera recuerdo qué actividad tan importante realicé para la empresa durante aquellas dos semanas, ni qué ropa llevé, ni por dónde anduve, ni qué color tuvo el cielo.








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