Luz de invierno
El anciano, tocado con un sombrero de su misma edad, apoyaba la barbilla temblorosa en un vigoroso bastón. Sentado en una silla de enea, a pocos metros del barranco, tenía los ojos puestos en el horizonte de aquel invierno mediterráneo, clemente con el paisaje y la vida. Antes de la salida del sol, arrastraba su asiento con una mano por el suelo polvoriento, en tanto que la otra sujetaba su báculo de olivo centenario. Así, de cara a la costa y al mar, que cambiaba de color como la piel mojada de un camaleón, pasaba sus últimas primaveras e inviernos.







