ALREDEDOR DE LA MESA DE CRISTAL
Tras un tiempo pecoreando el polen de las letras, Ortega sugirió construir una colmena con palabras de miel dibujadas en la cera.
Ayudarte, ocasionalmente, se arriesgó a llamar Trío a aquella eventual locura, como si de un subgénero verdadero y nuevo se tratara: colaborativa experiencia de escritura, compuesta en todo caso por retales, siguiendo el ejemplo literario que en su tiempo de moda puso el monstruo que creara Mary Shelley.
Nicolás, en apariencia prudente y silencioso, aceptó el envite y se dejó tentar y arrastrar por fin al juego.
Al principio, Frankenstein se compondría de microrrelatos, microdramas y micropoemas. La experiencia anterior cooperativa, que extrajo tankas y coplas octosílabas de las minas del Parnaso, dejó una base firme de métodos y medios que ayudaba a cimentar y levantar esta aventura.
El azar y la voluntad de los, más que decididos, osados o inconscientes determinaron el orden y la modalidad genérica del primer trío. El tema, como en pasadas ocasiones, lo esbozaba el jugador que iniciaba la partida. La primera baza estaba echada.






