CONTEMPLACIÓN DEL MAR
Ha recibido el mar un visitante
frente al muro caído de los vientos
y el azul destintado de los siglos.
Erguido, sin hablar nada, ancorado
en la orilla quebrada por su peso,
contempla sus descalzos pies mojados
a un dedo de la muerte de las olas,
que de verdad no mueren: resucitan
en parte y se retractan y deshacen
las figuras de espuma y las burbujas
en el aceite añil de la mañana.
Ha llegado, colmado de saberes,
con un pesado lastre de palabras
vanas que no remedian las dolencias,
palabras suspendidas como lienzos
en los muros silentes de un museo.
El invitado está de pie, callado:
se concentra en un rayo del instante,
a veces cerca al agua en su misterio,
en su enigma de nombres y de objetos.
Hay gaviotas y hay sillas descuidadas
en torno a los colores de la brisa.
Hay un rigor de esferas en el arco
sereno de las cejas y un cristal
con una luna en cada iris del ojo.
Hay tal vez intervalos de la luz,
parpadeos intactos del recuerdo,
flores entre las piedras y los juegos
tangibles de las algas sin reposo.
Hay plásticos y latas en desorden,
pestañas que gravitan por el peso
del horizonte verde de este lunes
implacable, alejado de las sombras.
Todo es balcón del aire transitado,
esfera que restaña los ocasos.
¿Qué decir? Esto es nube, aquello un árbol.
El peregrino está de pie, en silencio.
Ha entregado el jazmín y los castaños,
el cielo, la pared, las islas nuevas,
los azares, las horas, las maderas.
las ruinas, los vencejos, soledades.
Ha entregado los brazos, la impaciencia,
la pompa, el panorama, los tumultos.
Ha entregado el rumor y las tinieblas,
el olvido, el cansancio de ser otro,
la altivez enramada, los asombros.
Ha entregado la voz y las palabras,
los potros blancos y su red al mar.






