Estado de alarma. Decimoséptimo día
Salir, volver con dignidad de los infiernos, ahogar el grito del trueno, arriesgar ante la lluvia, endurecer la nostalgia, confinar hasta el colapso las quejas suturadas.
Confirmar siete mil trescientos adioses y millones de lágrimas sin pañuelo, decretar la parálisis no esencial, la respiración asistida a las ciudades.
Dime: ¿habrá otra vez silencio?, ¿otra fecha sin camino ni besos?
Consensuar los testimonios, cambiar el rumbo de la marcha, dar de alta cada día a la esperanza.
Teletrabajar las jornadas laborables, montar sobre la acémila virtual de los portátiles, adaptar la caléndula del número al sol perdurable de lo humano, seguir a la estrella polar de nuestra piel que nos guía y nos abriga, espolear el corazón los días festivos hacia la vieja taberna del poema.
Revisionar las películas, cantar las canciones que de jóvenes cantábamos, reunirse en una villa digital consigo mismo huyendo de la pandemia, como en los cuentos de Bocaccio, y escribir El Traintamerón o El Sarantamerón, según cambie el guarismo del encierro.
Aplaudiendo, inclinar la cabeza mientras suenan a las ocho de la tarde las sirenas en honor de los héroes de las guerras médicas, desarmados y exhaustos.
Este ha sido antaño, si se piensa, un hermoso, un confortable lugar, ahora recubierto con lágrimas y sombras y escaparates llenos de polvo.
Así era hace diecisiete días y la ciudad regresaba a sus propias manos al atardecer, creo recordar.






