Estado de alarma. Decimocuarto día
Ayer... Anteayer, ¡qué hermoso!, descendió una lluvia solitaria y melancólica en compañía de nadie que dejó colgar algunas gotas en las barandas desquiciadas de los balcones.
Durante un rato fue la única voz que chorreó tras la bruma invisible del vecindario. Nadie pasaba por allí. Hasta los pájaros incontinentes no cantaban confinados en sus nidos. La ropa blanca olía a húmeda frescura, sin hacer ruido tampoco, acostada y confortable en los tendales improvisados de los salones.
De pronto alguien abrió y cerró la puerta de un golpazo ahuyentando a la lluvia con sus ranas; alguien alzó los pasos sobre el suelo, franqueado por ladridos que le proporcionaban la coartada legal del albedrío; un coche, un gato grande de metal, ronroneó suavemente su motor y pasó de largo.
Volvió a sonar la música preferida que cada cual pone bajita en su cintura.
Archipiélagos, islas, islotes solitarios que se duermen y despiertan, que por consolar se mienten y se alumbran unidos en el deseo del beso y el incienso de la lluvia.






