Estado de alarma. Decimoquinto día
Y no respondo.
¡Ojalá sus vocales de luz multiplicaran infinitas veces su consuelo de un espejo a otro, ligeras y fraternas!
¿Mas para qué explicar lo que la fruta y los labios necesitan?
¿Cómo nombrar la caricia, la armonía, las compuertas del alba, la semilla que la lengua y la voz hacen brotar de la garganta con pinceles delicados, luminosos, solidarios?
¿Con qué fuente dibujar el texto de la vida que se oculta en lo más hondo de los dedos y que esbozo como puedo con la letra más grande y en negrita que permite esta bitácora?
No lo sé... No sé si quedan palabras y colores en la casa. Rebusco con cuidado en la alacena. Algo habrá dejado, digo yo, el último arco iris tras la lluvia.






