DOS HORAS DE COMPAÑÍA
Una voz neutra, procedente del megáfono de un coche de la policía municipal, alcanzó la quinta planta y atronó en el piso y en el oído del ocupante: «Se recuerda a los ciudanos la obligación de no permanecer en la calle salvo por causas justificadas».
El hombre volvió otra vez los ojos a la pantalla del móvil, mientras la voz y el vehículo se apagaban y alejaban con lentitud, y retomó la lectura del anuncio donde lo había dejado. Tomó nota mentalmente y se puso en contacto con el teléfono indicado. Le respondió una voz femenina que no se anduvo con rodeos. Una hora de compañía costaba 25 €. Tras un breve regateo, cerró el trato con la mujer por dos horas y 40 €.
El hombre se aseó rápidamente, se vistió y se calzó con ropa deportiva y unas zapatillas; repartió la cartera, el móvil y las llaves de casa entre sus bolsillos. Para hacer tiempo, se asomó a la calle solitaria que el temor a la pandemia y el obligado confinamiento decretado por las autoridades habían dejado vacía.
En ese momento, sonó el portero automático: dos timbrazos seguidos, pausa y otros dos. Era la señal convenida.
El hombre abrió y cerró la puerta del piso bajando muy de prisa las escaleras. En seguida llegó al portal. La chica era muy joven y estaba acompañada por dos perros de pequeño tamaño que sujetaba con sendas correas en una mano. Tras un saludo amable pero distante, le abonó lo acordado y ella le pasó un kit de limpieza para recoger la caca de la mascota alquilada. En dos horas volvería para recoger al animal.
—Que disfrute usted con el paseo y la agradable compañía.
–Gracias. Soy un poco claustrofóbico y necesitaba salir un rato a tomar el aire. Pero dime: ¿Por qué has traído dos perros?
—¡Anda! Y si no, ¿cómo vuelvo yo ahora a casa?






