Estado de alarma. Decimotercer día
Alguien derriba la ansiedad en el tatami angosto de un pasillo, el test de la liebre de marzo cuenta sus virus en las hojas de una maceta sin primavera, hay miles de empleados despedidos para siempre del trabajo temporal de la vida; don euro, poderoso caballero, ha puesto de repente en cuarentena los bolsillos sin techo de los indigentes.
En los mares del mercado hoy es el día del tiburón blanco, de la pena infantil por los adultos que se marchan sin himno y sin ceremonia, de las gargantas sin cuerdas vocales ni guitarras que se desploman en la fosa común de la impotencia.
Todo parece una jungla tenebrosa, un jardín de esqueletos, un paquete de acciones con mascarilla y respiradores del que la Bolsa levanta un alegre tres por ciento sobre la colina estadística del día.
Es el podio del eclipse, el aplauso a los vencidos que no ceden, las sirenas sin voz de los que siembran estrellas, el grito convaleciente que nos recuerda que este mundo no merece el olvido.






