SALÓN DE PRIMAVERA
Las hojas sin avispas
del bonsai,
en el zapatero,
no huelen,
no las mueve la brisa
sobre las baldosas
recoletas del salón,
pero sí ofrecen
sus manos verdes
a los ancianos
que pedalean extáticos
en la bicicleta fija
al ritmo de Duncan Dhu,
como perdidos
liliputiense,
ajenos al ritmo
mineral
de sus raíces lentas,
huyendo en su mente
de la encerrona,
cabalgando sobre las alas
de cien gaviotas
—dónde irán—
y en ello les fuese la vida.






