Estado de alarma. Cuadragésimo día
Respiro, como un pulmón liberado; no hay en mi cuerpo un organo que se sienta prisionero… aire; aunque alrededor de mí se cierne la casa, igual que una cárcel, no encierro la mente en ella.
El salón con luz, los bordes del fregadero, las estanterías de libros en fila de a uno.
El pasillo esta expedito por cualquier parte: permite el acceso por todos lados, aunque de mí no depende.
Sé qué acciones inocentes he cometido. Estoy exculpado, absuelto de cualquier cargo, a fuer de ingenuo y cándido.
No hice nada por mostrar la fealdad del mundo, él se ha bastado solo; no propagué noticias falsas.
Por eso, ahora que comienzo un nuevo día, alabo la debilidad del bien, la fragilidad de la belleza y socavo humildemente la fuerza de la maldad y de la calumnia.






