Estado de alarma. Trigésimo noveno día
Por nunca, las panaderías diurnas cierran. A pesar de que una maldición o un virus amenace o flote con las rachas de viento o el asfalto.
En sus cristales, apiladas, muchas barras de pan, como cien copias sucesivas, hijas de una misma hornada madre.
En la esquina, allí duermen las locas decisiones, los cambios bruscos de dirección, las más inesperadas fantasías.
Hay huellas en la memoria del aire que dobló por ellas hace un minuto apenas.
Las costumbres no reconocen el cambio, sin embargo; los pies se dejan llevar por el olor del pan desde hace más de seis mil años, y pegan la nariz a la rosa de su aroma.
La celebración del pan ha comenzado.
Pasadas, soñadas, olvidadas ya las brujas y las hadas de la noche, los vecinos, las vecinas, a dos metros de distancia, recién lavados, ahora aguardan el pan de cada día.






