Estado de alarma. Cuadragésimo quinto día
En aquella primera obra maestra, el artista esculpió sobre aquella piedra negra y blanda. El primer hombre, la primera mujer, salieron de la oscuridad hecha pedazos hacia el sol con una luz brillante en los ojos.
En aquella primera obra, el artista sopló sobre sus rostros y les contagió el virus invisible y pequeño de la libertad, el deseo ciclópeo de vivir eternamente.
¿Pero a cuál cadena aprisiona la libertad?
¿De que piedra está hecha la carne mortal?
Nunca la piel sirvió de escudo a la espada. Jamás la mano desgoznó ningún grillete de acero.
Dos o tres minutos sin aire y caen ya abatidas estas criaturas indefensas y soberbias que tardan un año en aprender a andar.
En aquella primera obra maestra, el artista tal vez no anduvo tan fino.






