ENTRE LA VIDA Y LA VUELTA: II EL ARTE DEL PASEO
II
EL ARTE DEL PASEO
Atraviesas la puerta de la calle,
umbral inédito del mundo, y marchas
entre la gente, avanzas por la acera
apresurada y sin pensar deslizas
la mirada de un rostro a otro, de un hombro
a otro. Calzados con sus pies caminan
laboriosos, anónimos, inquietos;
ágiles van y vienen y se cruzan
en la esquina puntual del desencuentro.
Caminantes perdidos en el número,
¿adónde van, qué vienen a comprar
de un escaparate a otro, de un letrero
a otro, de una calle a otra bajo rótulos
que pronuncian un nombre sin recuerdo?
Qué difícil perderse en la ciudad,
aunque cambie la altura de las casas;
qué fácil extraviarse entre la carne
densa de los andantes, escondido
a la vista de todos, desfasado
de uno mismo, giróvago sin techo
que sube, como el sol, por la mañana.
La metrópoli existe si la inventan
cada día las tiendas y edificios,
los bares y los parques entregados
a la errancia extranjera del viandante.
El alba expulsa al sueño de las calles,
reposta la premura a los neumáticos
acelera las marchas del tranvía.
La urbe celebra así su urbanidad:
abre las librerías de las plazas,
se asoma a la baranda de los ríos,
sirve café y cruasán en las terrazas,
aparca en los colegios a la infancia,
sacude las alfombras en los patios,
levanta la persiana a las fachadas.
Pero tú esquivas, exageras, niegas
sin casi detenerte en parte alguna.
Te dejas arrastrar por la deriva
sin rumbo del azar y de las calles,
por la geografía de los cuerpos.
Sabes que la ciudad es subjetiva,
que la mente es veloz si andas despacio,
si el pie se ralentiza más que el ojo
y te bajas del tigre de la prisa.
Sólo percibes ruidos y colores,
formas y olores cómplices y vagos
que tu imaginación libre combina
según la fantasía que te alienta.
Juegas y recompones la apariencia,
observas la inconsútil armonía
que reordena la babel de los andenes
y regula las artes del paseo.
Hay aún callejuelas apartadas
y macetas que muestran sus geranios
en balcones abiertos donde cantan
jilgueros y canarios en sus jaulas.
Mas los claustros alejan de la tierra
redonda y de los campos. Los bazares
cubren el mundo de cristal y asfalto.
Tú buscas una línea de fuga.
Mueves las piernas; quieres alejarte
del mercado, eludir a tu avatar
y te citas contigo a la salida.






