Estado de alarma. Vigesimoctavo día
Cuadrangular, se despierta la manzana donde duermo. En las esquinas agudas, las calles se doblan por todos lados como alambres igual que rectas unidas por un codo.
Las noticias de la radio despliegan su voz en los oídos. Los pájaros reman con sus palas por el mar parpadeante de los ojos. Despierta la manzana con sus calles, embozados algunos todavía en los sueños de la infancia.
Un claxon chilla. Suelta su alarido alguna alarma. Duerme la manzana aún sobre los portazos de los coches de descarga, bajo el llanto de un bebé, bajo un maullido de celo incontinente. Pasan las nubes a buen paso sobre las terrazas y los tejados, quién sabe desde cuándo. Tal vez los árboles, ocultos, detrás de la manzana, se agitan en la plaza.
Hace viento. No llueve. En la manzana se despiertan los hijos y los padres. Como gusanos en pijama. Todos han soñado con la infancia. Me despierto.






