ENSUEÑOS Y QUIMERAS
Cerca de allí, vivía Esmeralda, una mujer que tejía destinos con hilos de arcoíris, a la luz de una luna que cada noche elegía un nuevo tono para iluminar el firmamento. En su telar, los deseos de los habitantes tomaban forma, convirtiéndose en vestidos de fantasías cumplidas, en mantos de amor duradero o fugaz, en pañuelos de consuelo tejidos con la más suave brisa del amanecer.
Un día, mientras el sol sonreía travieso cambiando su tonalidad cada segundo, el pueblo se vio invadido por una troupe de seres exóticos, de otro mundo, seres demasiado comunes y previsibles. La noticia se extendió como un reguero de pólvora y pronto todos los habitantes se conglomeraron para observar a los intrusos.
Los visitantes traían consigo objetos rectangulares, estáticos y grises, y hablaban de una realidad uniforme, donde las cosas no cambiaban de forma ni de color, donde la vida transcurría sin sorpresas ni matices. Los aldeanos escuchaban atónitos, incapaces de imaginar una existencia tan pobre y descolorida.
El pueblo entero se puso manos a la obra para mostrar a aquellos visitantes el verdadero significado de vivir. Invitaron a los extraños a la biblioteca, donde los libros les narraron historias infinitamente más ricas y vibrantes que cualquier otra que hubieran conocido.
Después, Esmeralda los llevó a su taller y los vistió con los destinos más bellos, concediendo a cada uno un manto de posibilidades infinitas. En esa tierra de lo imposible, lo irracional se convertía en la regla, y la realidad más allá de la imaginación, en el pan de cada día.
Los visitantes regresaron a su lugar de origen, con la certeza de que la realidad podía superar, y con mucho, a la más disparatada de las ficciones. Cada uno abandonó su gris y predecible mundo, y se lanzó a vivir en el carnaval perpetuo de lo impredecible, lo absurdo, y lo maravillosamente real.
Así, en un lugar donde todo podía ser y nada se quedaba estático, la fantasía se convirtió en maestra de ceremonias, y cada día, cada hora, cada momento, se transformaba en una aventura más allá de toda comprensión, demostrando que la realidad, la verdadera realidad, era aquella que se atrevía a soñar más allá de lo imaginable.







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