EN LA TABERBA CÓSMICA
beben el elixir de enigmas insondables.
Esféricas estrellas, en órbitas probables,
debaten sobre el cosmos con vivo centelleo.
Manifiesta Voltaire sarcasmo y regodeo,
ante la paradoja de los astros mudables;
mas propone Aristóteles cielos inalterables,
que, a su lado, precisa y ajusta Ptolomeo.
Los cuantos, bailarines de energía y potencia,
intrincan a los átomos en vals sin finitud,
que a Heisenberg infunde una honda incertidumbre.
Descartes, indeciso, cuestiona la existencia,
y vacilante exclama: «¡conocimiento es virtud!».
Mas el misterio calla, leal a su costumbre.







