EN EL FERAZ VERGEL DE LA PALABRA
yace la letra, huérfana, olvidada,
cual fósil del pensar, casi sagrada,
sin voz que la rescate y la reabra.
Tal el haikú, en su breve abracadabra,
letra muerta, si no es articulada,
cautiva en el papel, abandonada,
si su campo de versos nadie labra.
¿Qué es del verbo sin labios que lo alumbren?,
¿qué de ideas si mudas permanecen,
sin voces que lo anuncien y lo encumbren?
Pues requiere el discurso que las nombren,
y al oírlas hablar, al alma asombren.
Sin lector, las palabras no florecen.







