En un declive de los años, Lucía, cuyos hombros portaban el peso de un destino inevitable y cuyo espíritu parecía haber vertido toda su esperanza como quien derrama el último verso del último poema, se encontró ante la ribera de un singular lago. En busca de algún indicio de redención o tal vez, de una simple epifanía, inclinó su mirada hacia las aguas. No fue su semblante cansado lo que halló, sino una luminosa representación de sí: una Lucía que bailaba y reía, con ojos que guardaban el resplandor de incontables y vívidas imágenes.
Ante tal revelación, un profundo estupor la envolvió. Se preguntó: «¿Acaso lo que veo es una ilusión o una verdad escondida? ¿Es posible que esa figura radiante sea un reflejo de aquella Lucía que en días pretéritos había creído en el arte y en pasiones que desafiaban el implacable transcurso del tiempo?».
Movida por una fuerza que parecía emanar de sus propios huesos, decidió internarse en el lago. Aunque las aguas se presentaron frías al comienzo, prontamente la envolvieron con la calidez de un recuerdo olvidado. La sensación que la embargaba era comparable a un reencuentro entre dos almas que, separadas por los siglos, se reconocen en un instante atemporal. Nadie volvió a verla.