EL RELOJERO CIEGO
"Lo quiero reparar para ayer", dijo, extendiendo el reloj hacia el artesano. El relojero asintió, su rostro una máscara de comprensión profunda, como si estuviese acostumbrado a esos encargos temporalmente imposibles. Se sumergió en el taller, donde las horas se colaban por las ventanas como hiedras invasoras, y se puso a trabajar con las herramientas que brotaban de las paredes como frutas de un árbol generoso.
Tras un esfuerzo titánico que duró exactamente un parpadeo, el relojero emergió con el reloj-remolacha vibrando suavemente en sus manos. "Está listo, pero para recogerlo tendrás que venir ayer", le dijo al joven. Adalberto, sin perder un segundo, dio una voltereta hacia atrás, desapareciendo en un torbellino de plumas rosadas y risas de mariposa.







