TE ACARICIE
todos los vientos, el plumón tibio de las ánades,
los limones que brillan mirando el sol de oro,
el césped y las flores de cualquier parte.
Desde las manos imaginadas por ti en levante
hasta poniente en que se deshace el sol;
desde los tejados que acunan a los pájaros
hasta la nube blanca que tú ignoras.
Seguro que sabes, amadora,
después de desamar, qué no se olvida;
qué hombro se marcha sin su ala,
dislocado como un loco por el aire;
sino el frío, la soledad, el destierro.






