LA ROSA Y EL PERFUME
Acaba por visitar a la flor diariamente o, peor, por trasladar la planta a su jardín. A continuación, la poda, la riega, la abona puntual y amorosamente. En ningún lugar adonde marcha, se separa del recuerdo de la rosa.
Temiendo que la roben en su ausencia, la resguarda en un invernadero de cristal translúcido que defiende con una puerta y una clave que solo él conoce.
Pero, adentro, el tiempo, experto en añagazas, se cuela junto a la luz insidiosa y melancólica.
Y, pétalo a pétalo, antes de morir, la rosa pierde, en una rápida y cruel desescalada, la juventud y la textura, el color y el brillo irrepetible. Y el aroma.






