Estado de alarma. Cuadragésimo noveno día
Mañana abrazarás al león que ruge: el miedo alcanzará la altura de un monolito y los relieves de la inquietud arrugarán la piel; sí, la luz de las alarmas brillará en tus ojos cuando salgas a pasear mañana.
Hoy, uno de mayo, se diría un número diario que acecha al número siguiente, aunque lo pinten de festivo el almanaque y las pantallas.
Hoy, tras los visillos y ventanas, los aviones, hermanos de las golondrinas, vuelan en el cuadro azul pero inmóvil de los cielos. Solo unos pocos cantan sus consignas fraternas por el aire.
Distanciados de este día memorable, pero no de su memoria, caminaremos mañana por la calle con mascarilla y guantes: las flores olerán apenas y serán opacas al tacto las personas y las cosas. Al menos, la mirada, sin antifaz todavía, podrá deambular del mar a la montaña.
Podremos correr bajo la luz de mayo, si correr, como nadar o amar, nunca se olvida. Cara a cara, por mucho que miremos, no veremos otros rostros ni verán tampoco el nuestro.
A no ser que se parezcan a la cicatriz sobre una herida, no es hoy el mejor día para escribir poemas.






