Desescaladas: La soledad perdida
Por fin se atrevió a salir de casa a las seis de la mañana, justo al comenzar el tramo horario que le correspondía, según las instrucciones del gobierno durante la fase cero de la desescalada.
Anduvo, solitario, bajo el cielo todavía nocturno, por las calles tenuemente iluminadas de la ciudad. Sus deseos de no cruzarse con nadie se estaban cumpliendo. Había salido solo (vivía solo, dormía solo), pertrechado con una mascarilla ps2, guantes y una botellita de gel hidroalcohólico. Distraído, vio en el suelo, en el espacio de sombra entre dos farolas, dos linternitas que se apagaban y se encendían. Se inclinó hacia ellas. Se trataba de un gato de pelo largo, gris y blanco, que se aproximó sin titubear y frotó las mejillas en la pernera de su chándal. «Debe de haberse escapado de alguna casa», pensó. Aquejado de artrosis, el hombre se agachó dificultosamente para observarlo mejor y entonces percibió a la altura del cuello que el babero del animal mostraba las marcas de un collar del que le habían despojado recientemente. No cabía duda de que habían querido deshacerse del felino. La criatura temblaba al contacto de sus dedos y el anciano sintió el pequeño corazón que palpitaba alocadamente bajo ellos.
«Bueno; es tu día de suerte, minino», pensó. Lo tomó en sus brazos, envolviéndolo entre ellos, sin que el animal opusiese ninguna resistencia y lo apoyó contra su pecho. En esa actitud, decidió volver sobre sus pasos.
Mientras regresaba a casa, sentía el pálpito del corazón y el ronroneo de aquella criatura desvalida. Hacía tiempo que no sentía ningún otro latido solitario contra el suyo. ¡Pobre corazón abandonado! El hombre, con dos corazones ahora, se dejó invadir por sentimientos casi olvidados de amistad, compasión, alegría... Tal vez no era solo el minino el que había tenido suerte...






