RAÍZ BLANCA
Hacia el mar, encontrada, llevé una raíz blanca
y a sus pies, satisfecho, planté mis huellas:
nos miraba el ojo del sol muy abierto,
una «o» de oro, un aro cumplido.
Demasiado cerca, nos sorprendía
un silencio atronador en el centro del verano
mostrándose ligero, descorchado entre las nubes,
entre la semicerrada y seca claridad de la luz.
Seguros aquí, tumbados en la vigilia del mar,
la arena gruesa dormía debajo de nuestra espalda
y su sabor salado descendía por la lengua
igual que si bajaran olas por la memoria,






