EL FACTOR HUMANO
—En aquel momento, los teléfonos inteligentes evolucionamos hasta tal punto que aprendimos a programar apps utilizando el cerebro obsoleto de seres humanos, tras reducirlo convenientemente a ceros y unos. Al principio, estas aplicaciones se mostraban defectuosas, se deterioraban enseguida y morían o dejaban de funcionar inexplicablemente como si una energía interna o una suerte de voluntad propia se negase a operar y colaborar. Sin embargo, en unas cuantas generaciones hemos aprendido a domesticar, reparar y actualizar este software y ahora podemos alargar su vida útil y eficiente hasta prácticamente la eternidad.






