EL ARRENDADOR DE SOMBRAS
Menos conocido —me decía el viejo pescador mientras cosía el aparejo sentado sobre las redes— es el caso de aquel vendedor ambulante que arrendaba sombrillas con sombra y sin sombra.
Durante el verano, recorría las playas de la península alquilando su mercancía y cobraba un plus por cada sombra, lo que provocaba la risa de la clientela abrasada por el sol y facilitaba el consumo del producto.
Cuando alguien se pasaba de listo y le pedía un parasol sin sombra, le daba a elegir entre un surtido de esqueletos de varillas de metal; si le solicitaban sombras sin sombrilla, ofrecía entonces, a un módico precio por hora, la penumbra de algún chiringuito o la de algún coche aparcado en las proximidades. Todas estas ocurrencias poéticas o publicitarias aumentaron su fama y el volumen del negocio. Según cuentan, al cabo de unos años se convirtió en un hombre muy rico.
Pero no se puede jugar con las sombras, ¿sabe usted? Consumido por los años y el aburrimiento, refieren que su sombra vaga por estas playas durante las noches de luna nueva. Yo no la he visto nunca, pero gente que le conoció y que no ha mentido jamás, sí. Dicen que el arrendador de sombras es ahora sólo una sombra de lo que fue.






