AQUEL VIERNES
Aquel viernes (recuerdo que era viernes porque fue el día en que más llovió de todo el siglo) apareció un sujeto en la tertulia, cómo decirlo, muy siglo diecisiete, con atuendo y paraguas moderno, pero con un espadón (andábamos de carnaval) una perilla y un bigote quevedianos muy característicos. Abrió un cuaderno a modo de presentación y sin apenas consultarlo recitó de un tirón toda la poesía moral y erótica del genial conceptista: una auténtica proeza, tan formidable como extravagante. Reprimiendo una sonrisa y el deseo de llamar a comisaría para averiguar si algún ilustre huésped del hospital psiquiátrico había salido a estirar las piernas, le comentamos que sus poemas nos resultaban singularmente familiares y que, sin ir más lejos, un tal Francisco de Quevedo declamó la semana pasada y en el mismo lugar, unos poemas muy parecidos a aquellos. Entonces, sin alterarse lo más mínimo, cambió de registro y de poeta, acompañó la palabra al movimiento y nos respondíó muy cervantinamente:
«..."Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente."
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada».
Marchóse del local de aquella guisa y, al salir, su figura pareció deshacerse entre la lluvia. Desde entonces, ninguno de nosotros ha vuelto a saber de él, aunque todos le recordamos con una rara sensación de inquietud hilarante, sobre todo en viernes lluviosos como este.