TÍTULOS
Como las mentiras, los títulos que nos conceden —académicos o de facto— acaban por convertirse en una carga demasiado pesada y grave sobre los hombros y nos aplastan las rodillas. Semejantes a la iglesia del poema Parábola de León Felipe, suelen acabar por comerse la doctrina. Tenían tal vez razón Shakespeare y otra vez León Felipe cuando convinieron —uno antes y otro después, en Hamlet y en Romero solo— que para enterrar a los muertos con respeto, cualquiera vale menos el que ostenta el título de sepulturero.






