AUTOABDUCIDO
Autoabducido por sus propios pensamientos, se distrae y recuerda vagamente haber transitado por una plaza alta sobre un río, sin saber de cierto en qué lugar se hallaba, y ha vuelto ahora a casa sin tampoco adivinar bien cómo, intentando encajar inútilmente en la cerradura de la puerta un peine gigantesco de púas anchas, utensilio que, antes de salir, introdujo por error en un bolsillo en lugar de la llave, abandonada sobre la repisa de la taquilla del baño, cautiva a buen recaudo en el piso de alquiler, y a la que deberá dar mil explicaciones, procurar hacerle entender lo que ha pasado esta mañana de sábado, por qué se ha marchado de casa sin cartera ni llavero, distraído del mundo, en seguida concentrado en algo que pasa por su mente, imantado tal vez por el vuelo irregular de una polilla o atraído por aquella mancha en la pared que presenta una forma tan extraña y en la que no había reparado hasta este instante, seducido por una ensoñación o un deseo irreprimible de viajar o de moverse y sin saber por qué, comienza a caminar de nuevo hacia la calle, otra vez autoabducido.






