Pasos
Víctor escuchó con atención, soliviantado por aquellos pasos. Pasos vacilantes que trazaban espirales en el portal, que rozaban los peldaños, que acampaban, inciertos, en el primer descansillo. Las pisadas se adivinaban cercanas al dintel, resonaban inquietas en los muros descuadrados. Víctor se aproximó a la entrada que parecía caminar hacia él. Luego apoyó la cabeza en un entrepaño y descansó las manos en el relieve del bastidor. Abandonado en el postigo de la puerta, esperó el temido golpeteo sobre la plancha agrietada. Nada. Víctor permaneció en silencio, con el cuerpo echado sobre la madera. Nadie llamaba y el que fuese, lo que fuese, estaba allí detrás de la hoja, tal vez tocando su frente con las manos por el otro lado. Con un gesto torvo, apartó vivamente la cabeza mientras presentía un vaho lechoso que traspasaba la tabla. Dio un paso atrás, acechando con horror el pomo que parecía girar sin moverse. Un sudor frío le bañó inesperadamente la cara y la espalda y le secó la garganta. Nada. Nadie se anunciaba. Durante un momento contempló con angustia el ruinoso salón sin empapelar de aquel piso de alquiler en la Calle Nueva. De repente sintió sed, percibió que la boca se le había llenado de sal. Víctor se dirigió a la cocina para escupir la sal, tomó un vaso de la alacena y abrió la llave del grifo. El cristal se llenó de transparencia y de bolitas de oxígeno. Ahora los zapatos parecían haber bajado hasta el portal, pero se arrastraban de nuevo como si, arrepentidos, lamentaran el descenso. Al principio se escuchaban, otra vez, tímidamente, luego retornaban a encaramarse al primer rellano y, por fin, con resolución, taconeaban hasta detenerse junto al vano de la entrada. Víctor, aterrorizado, tomó un cuchillo de cocina que reposaba en el fregadero. Lo asió fuertemente por la empuñadura, se encaminó a la puerta y aguardó. Los nudillos golpearon con fuerza la plancha apolillada. Víctor abrió repentinamente.
Fue la primera y la última vez que le vi. Observé, con asombro, que estaba en pijama y descalzo a esta hora avanzada de la mañana. Presentaba una larga melena desgreñada y sucia que alcanzaba hasta los hombros. Sobre sus ojeras, hundidas y violáceas, apenas se distinguía el fulgor aguanoso de sus pupilas. Blandía en la mano un objeto metálico que brillaba. No tuve tiempo de explicarle por qué estaba allí, que si no pagaba a los prestamistas en este preciso instante era hombre muerto. La hoja de acero que Víctor esgrimía se enterró como un alacrán enfurecido en mis costillas. Víctor huyó escaleras abajo mientras yo me desplomaba.








Qué suspense. Muy buena historia.
ResponderEliminarUn saludo.