ATERRIZA EL DÍA
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Aterriza el día
su abatido bombardero intacto
de trilita
y bilis rubia.
Sucio de horas, el piloto
prende la bandera blanca
de una cerilla
y gira
el mando para que dos azules
y naranjas
alitas
emprendan su místico vuelo de propano.
Después
arroja los heroicos calzoncillos
a cualquier parte
y, desnudo de anuncios,
sumerge su animal herido
en la filogénesis nutriente del agua.
Mecido tibiamente,
levitando líquido
en la cuna rosácea
de la bañera,
el piloto contempla resignado
su virilidad inocente
flotando
entre dos saquitos redondos de aire,
pensando
si no se los volará mañana
el enemigo,
si la velocidad de las balas,
la ley de mercado,
serán más rápidas que el instinto
opaco de su nómina,
el metálico sueldo de la contienda
urbana más allá del agua
y de sus alas.






