POR LA VENTANA
una silla vacía
recibe sola el peso del tiempo.
La luz parpadea, incierta,
como las promesas hechas en vano,
y las sombras bailan, inquietas,
en los rincones.
No hay oro ni plata,
solo paredes usadas por los años,
mientras el reloj, incansable,
marca el paso de los segundos.
Fuera, el mundo sigue su curso,
pero aquí, en este lugar,
el tiempo se detiene, reflexivo.
Las palabras se desvanecen,
y los rostros se borran en la bruma,
en el aire cargado de nostalgia.
En la penumbra de la habitación,
cada sombra es un recuerdo,
antes de desvanecerse con la luz del día.
Por la ventana,
una sombra cruza
indecisa,
desafiando el umbral del ocaso.
Una niña,
con zapatillas nuevas observa,
y el viento lleva su risa
más allá del horizonte.
Globos de colores,
se escapan de sus manos inseguras,
buscando nubes
donde descansar.
La anciana,
con una mirada tan profunda
como el océano,
suspira al recordar.
Las hojas bailan
al ritmo de un mundo
que nunca se detiene.







