EN LA ESTACIÓN VACÍA
trenes dormidos se cuentan historias;
viajeros sin destino, almas errantes,
buscan respuestas en el horizonte quebrado.
Tomás, con su mochila rota,
recorre caminos de asfalto y polvo;
cada parada, un nuevo comienzo,
un sueño efímero, un instante robado.
De madrugada, en la radio, suena jazz,
notas que se entrelazan con el humo de la niebla;
la carretera se extiende, infinita y solitaria,
y el corazón palpita al ritmo de lo desconocido.
La libertad se siente en cada bocanada de aire;
el mundo es un libro abierto, listo para ser leído,
y en este viaje sin final, sin mapa y sin guía,
se encuentra la esencia pura de la vida misma.







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