EN LA ESQUINA DE LA RUTINA Y EL DESEO
un hombre contempla las huellas de un pájaro en el aire.
«¿Acaso las aves dibujan rutas invisibles?», se pregunta,
mientras enciende un cigarrillo y exhala el humo de sus dudas.
La señora del quinto, con su bolso repleto de años y secretos,
asegura que las respuestas están en el cielo.
Pero él, con sus ojos en el suelo, sólo ve hormigas,
cargando sus penas, sus alegrías, y sus migajas.
«Las cosas del cielo», murmura un niño jugando con su cometa,
«sólo se ven cuando dejas de buscarlas».
Y el hombre, con su sombrero gastado y su sonrisa torcida,
piensa en cómo a veces, para encontrar algo, hay que perderse primero.
En el café de la esquina, la vida discute con la muerte
sobre quién paga la cuenta esta vez.
Y mientras la esperanza deja propina y la desdicha se queja del servicio,
el hombre piensa en el cielo, y en cómo cerrar los ojos
puede ser la única manera de ver realmente.
Porque quizás, después de todo,
las cosas más verdaderas son aquellas que no se ven
y que se sienten, las que se creen,
las que, invisibles, pesan más que el mundo entero.







