LOS ALQUIMISTAS
Las ancianas del lugar (que conocen todas las historias) narran que en aquel tiempo arribó un buhonero que reunió en la plaza a las mujeres casadas del pueblo y les pidió que trajeran todas las ollas, perolas y sartenes de las casas y que por cada pieza les entregaría una moneda de oro. Encantadas con la propuesta, porque todos los cacharros del vecindario juntos no valían una sola pieza del noble metal, marcharon a sus hogares y regresaron cargadas con sus enseres de cocina, que vendieron al charlatán por el precio estipulado. Cuando llegaron los hombres del campo, cansados y hambrientos, descubrieron que sus esposas no les habían preparado el almuerzo ni aderezado el hogar porque habían vendido la cacharrería por un buen puñado de monedas de oro. Contrariados por lo primero y maravillados por lo segundo, absolvieron por lo uno y bendijeron por lo otro a sus compañeras, y quisieron contemplar con sus propios ojos aquella imprevista fortuna antes de emplearla generosamente a su conveniencia y libre albedrío. Sin embargo, cuando las mujeres abrieron sus faldiqueras, destaparon las orzas, levantaron los colchones y ladrillos o despejaron cualquier otro secreto lugar donde hubieran resguardado su oro, descubrieron sobrecogidas que todas las monedas, como por arte de magia, se habían convertido en piedrecitas de río muy planas y muy blancas.
Desde entonces, a los habitantes del pueblo se les conoce con el gentilicio impropio de los «alquimistas» en lugar de por el nombre antiguo con el que fueron designados y que ya nadie recuerda. excepto que procedía del latín según algunos. De generación en generación, los vecinos pasan las horas muertas (que no son muchas, porque la tierra es un duro adversario y los cultivos exigen una atención constante), intentando averiguar, mediante experimentos singulares y conjuros, cómo devolver a su estado original aquellos cantos de río que heredan los hijos de los padres desde hace centurias, con la esperanza de convertirse algún día en las personas más ricas de la comarca o incluso de la provincia tal y como el destino había dispuesto sabiamente en lo antiguo y las malas artes de un mago (que todavía siguen buscando y que el Buen Hacedor confunda y apabulle) les había hurtado.






